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domingo, 4 de marzo de 2012

De niños a adultos


Desde el momento en que una pareja se entera de que en pocos meses serán padres, algo cambia para siempre.
No dejarán de ser hijos, pero dejarán de ser niños. 
Y al niño que dejarán de ser lo guardarán en su interior en un lugar más o menos amable (según como sean capaces de amar a ese niño que fueron) y bajo la piel que se quiten amanecerá otra piel más robusta, caliente y viva: la piel de padre y la piel de madre.
A su vez, sus propios padres no dejarán de serlo, pero desde ese momento su función cambiará inevitablemente y serán abuelos.

Con la llegada del bebé, como veis, todos se quitan una piel para ponerse otra (hasta el bebé, que hasta entonces “no es”, se pone la piel del que “es”).

Pero no siempre sucede de esta manera. Es muy común (más de lo que pensamos) que a los nuevos padres no se les permita dejar de ser niños. Durante el embarazo, instituciones, familiares y conocidos les considerarán incapaces de tomar sus propias decisiones de forma adecuada y les invitarán a “dejarlo en manos de los que saben”.

A la mujer, concretamente, se la recordará de mil y una maneras que es una niña: se la vestirá con camisones rosas de encaje y se la rodeará de un halo específicamente asexual que limpie cualquier aroma a sexo, a sudor o a hembra encinta. Ahora, más que nunca y pese a la evidencia creciente de su sexualidad vibrante y fértil, se la infantilizará hasta el extremo y se le informará de que durante la gestación (precisamente uno de los  momentos de mayor plenitud y creatividad en la vida de una mujer) tan sólo ha de ocuparse de “contener” al hijo que crece en su interior,  pero sin ejercer su pensamiento crítico o su deseo en modo alguno. También puede pasar que  ,en vez de esto, se la masculinice, aplaudiendo su capacidad de negación de la barriga en forma de trabajo impenitente y conexión con demandas externas y apremiantes como reuniones, emails e informes.  

Más de lo mismo sucede en el transcurso de la mayoría de los partos, en los que personas adultas y competentes son tratadas como auténticos incautos y, de este modo, pasan por el aro del abuso de poder como corderitos temerosos. No les culpo: la amenaza por lo general es perder a su cría si no obedecen.

Recién nacido el bebé acudirán raudos y veloces los mismos que todavía le siguen hablando a ese niño que llevamos dentro como si fueran incapaces de ver delante de sí a un hombre y una mujer hechos y derechos, y se instruirá a los nuevos padres sobre todo lo relativo al cuidado y atención de su cría, deslegitimando cualquier intento de espontaneidad, instinto y naturalidad que los nuevos padres puedan mostrar.

 Al hombre se le relegará a un segundo plano y se le negará la posibilidad de ejercer su paternidad más allá de trabajar más duro si cabe para alimentar a su mujer inoperante y al bebé que esta transporta.  Mientras haga “lo que debe hacer” será aplaudido y aceptado, pero ay de él como se le ocurra reclamar su derecho a sentir en las entrañas algo más que aplomo y seguridad en sí mismo.

Lo que familiares, conocidos e instituciones hacen con el nacimiento, la paternidad y la maternidad no tiene perdón,porque efectivamente invalida e inhabilita a los nuevos padres poder hacer un ejercicio competente de su parentalidad y deja a los bebés absolutamente desprotegidos y en manos de personas incapaces de darles lo que los éstos necesitan: conexión y comunicación profundas.

En algunos casos, este fenómeno se limita a los momentos que rodean al nacimiento y con fortuna los nuevos padres se rebelan contra este papel y (por lo general a escondidas) buscan un espacio que les pertenece y lo hacen valer de la mejor forma que pueden, consiguiendo así que nazca de una vez por todas la familia, su familia, y que sus hijos puedan tener por fin unos padres adultos, no unos niños.

Sin embargo en otros muchos casos los nuevos padres nunca llegan a serlo. Nunca llegan a crecer, a quitarse la piel del niño, a hacer valer su palabra frente a la palabra de los que, por sus propias dificultades personales, no quieren o no pueden dejar el lugar que tantos años ocuparon y dejar de ejercer la función que tantos años ejercieron.

Crecer es un proceso complejo y casi siempre doloroso. Y cuando sentimos que para poder crecer necesitamos el permiso de aquellos que han de dejarnos su sitio, subordinamos todas las posibilidades a la mirada y la decisión vital del otro (decisión que puede hacerse esperar años). Quizá cuando fuimos niños no teníamos otra elección, pero no nos equivoquemos: ahora sí la tenemos. 
Nuestro sitio como padres y madres no debería pretender necesariamente imitar ni ocupar el sitio de aquellos que un día nos criaron y educaron, aunque ese niño que llevamos dentro no conozca otra manera de hacer las cosas. Desde el adulto que hoy somos, podemos elegir tomar nuestras propias decisiones, ocupar nuestros propios espacios, ejercer nuestras funciones a nuestra manera, por lo que no es necesario esperar a que los demás legitimen ese derecho que nos es propio. Podemos hacerlo ya, desde este momento. 
Como mujeres y hombres podemos hablar lo que callamos como niños.

Vuestro embarazo es vuestro.
Vuestro parto es vuestro.
Vuestro puerperio es vuestro.
Vuestra maternidad y paternidad son vuestras.
Que nadie os arrebate esos derechos.

Violeta Alcocer.

miércoles, 18 de enero de 2012

Soy madre... y ahora qué hago?

Ser madre es maravilloso... y a veces duele... también. 
Cuando una es madre primeriza el alma que se abre a otra alma tanto y tanto que a veces duele. Duele el "yo" que se resiste a cambiar, duele nuestro egoísmo porque su tiempo se acaba... duele la rigidez que se quiebra, porque gracias a ellos, a los hijos, nos convertimos en junco. 
Duele nuestra mezquindad, que nos quiere hacer creer que podemos criar a nuestros hijos a nuestra imagen y semejanza... 
Le duele a nuestra independencia, pues el compromiso sagrado que hemos adquirido de cuidar a otro ser y amarlo incondicionalmente requiere de nosotros total aceptación amor incondicional, y esa es una fuerza que arrasa con todo lo viejo, duro, rígido y estancado que hay en nosotros. 
Elegir la maternidad consciente es elegir despertar de nuevo a nuestra niña interior, es entrega y aceptación, una y otra vez, hasta que todas nuestras estructuras rígidas se hayan derribado, hasta que el soplo divino nos haga bailar como juncos, hasta que la energía de la Madre nos haya transformado tanto y tanto que podamos fluir con la vida como lo hace el agua en el río, sin resistencias, clara, pura y transparente...


Del blog: El rumor de las libélulas



Tener un solo hijo

La decision de tener uno o varios hijos depende de muchos factores, familiares, económicos, organizativos y también emocionales. A veces se tiene un solo hijo si, por el motivo que sea no se pueden tener más, pero otras es una decisión consciente y meditada, una manera de ver la maternidad y la vida.
Hay quien decide tener un solo hijo porque fue hijo único y disfrútó de esa situación. En otros casos haber tenido hermanos no ha supuesto una vivencia que consideremos indispensable en nuestra vida y que nuestro propio hijo no tenga hermanos lo podemos ver como una ventaja o como algo indiferente.
Al fin y al cabo los hermanos tienen sus cosas buenas y malas, incluso si son estupendas personas y fueron buenos compañeros de juego y vida. Hay peleas, aunque también hay amor; hay celos aunque también hay aprendizaje de convivencia. Pero todos esto puede también tenerse con grandes amigos cercanos que compartan el día a día, se quieran y se conozcan.
Tener solamente un hijo no es motivo para que nadie nos compadezca o critique, sea por circunstancias que nos obligan a ello o por propia decisión. La relación con un hijo único también tiene ventajas, el niño no compartirá la atención de sus padres con otro hermanito y ellos podrán concentrar su dedicación, atención y recursos a él.
Mi hijo es hijo único y posiblemente siga siéndolo. No se siente solo porque tiene a sus padres y abuelos con gran intensidad y complicidad. Tiene muchos amigos, unos elegidos directamente por él y otros por amistades familiares. Algunos son como hermanos y no tienen su misma edad, desde Pablo que tiene 14 a Dani que tiene 8 o Samuel que tiene 5 son sus hermanos de corazón, aprenden y se cuidan, discuten y se reconcilian, comparten experiencias y juegos con intensidad y a la vez seguros de no ver su posición en el hogar disputada. La vida no los separará y crecerán juntos hasta tener, en la vida adulta, experiencias compartidas y visiones diferentes.
Realmente algunos padres que desean tener un solo hijo se preocupan por si le privan al niño de una parte importante de la vida si no le dan hermanos. Tener un hijo debe ser una decisión consciente y deseada por los padres, no darse para no dejar al mayor solo. Pues los verdaderos hermanos los elegimos en la vida, pueden compartir nuestros genes o ser extraños que se convierten en parte de nuestras almas.
Un hijo único puede ser un niño completo, feliz, lleno de experiencias y rodeado de un grupo humano amplio que le de sostén y refugio. Un solo hijo puede crecer con juegos y compartiendo, aunque, por supuesto, no tener otros niños en casa deberemos tomarlo como una de las facetas de su personalidad que debemos, los padres, atender, ofreciéndole un entorno rico en experiencias humanas.
Mireia Long En Bebés y más


Malas madres. Buenas madres.




No suelo sentirme mala madre  pero, cuando lo hago, es cuando afloran aspectos de mi personalidad que no son precisamente amables y  de forma automática se los “coloco” a mis hijas sin que ellas hayan hecho nada especialmente grave para merecer, por ejemplo, mi mal humor, o mi falta de recursos para el manejo de una situación concreta. No creo que ellas tengan que pagar mis tensiones, aunque a veces y a mi pesar, lo hagan. Y tampoco creo que tengan que pagar mis limitaciones, aunque a veces y de forma obviamente natural, lo hagan. 

Aunque no me gusta, tampoco me supone un problema sentirme mala madre, porque de sobra sé que nadie “es” o “no es” nada que se sienta en un momento dado. Al igual que sucede con un niño cuando “hace algo mal” y ello no implica que el niño “sea malo”, las madres y los padres erramos a menudo y eso no extiende automáticamente la maldad  al ejercicio de todas nuestras funciones parentales.

Sentirme “mala madre”, de hecho,  me ayuda enormemente porque ese sentimiento me catapulta directamente a un periodo de reflexión (que puede durar desde unos minutos a unos días) en el que lo primero que hago es  detenerme a mi misma y por supuesto a mis conductas, revisar mis estilos educativos  en ese momento  y recolocarme en el sitio donde creo que una mamá competente debe estar.  Sentir que lo he hecho mal me pone a menudo en mi lugar, me ayuda. 

En cualquier caso, la bondad de una madre y un padre, a mi entender, no aluden a la bondad o maldad de su persona sino, más bien, a un adecuado y “bondadoso” ejercicio de sus funciones. E incluso, más que al ejercicio de lo directamente observable (dar teta o no darla, llevar al niño atado en el carro o pegado al cuerpo en un fular, dormir con él o llevarle a la cuna y un largo etcétera de opciones aparentemente incompatibles unas con otras, pero en realidad muy relativas) , yo me referiría a la bondad  materna y paterna como una serie de actitudes fundamentales ante la crianza de los hijos, entre las cuales destaco sobre todas las demás el respeto por sus necesidades según el momento evolutivo en que se encuentre y la capacidad de criar para la convivencia.

Desgraciadamente, una cosa es amar a nuestros hijos y otra muy distinta es conseguir comportarnos con ellos de forma amorosa. Lo segundo tiene mucho más valor que lo primero y, desde luego, existen muchas madres y padres que aman a sus hijos de verdad pero que son incapaces de traducir ese amor en conductas de respeto, empatía, contención y ayuda. De ahí que por el mundo camine tanta gente que no se ha sentido querida, pese a haberlo sido.  Lo segundo tiene también que ver con lo que yo entiendo por ser “buenos padres”.

Por eso, escudarnos en el amor (el que sentimos) a nuestros hijos para justificar conductas parentales inadecuadas o abusivas no es lícito y es posible que aquellas madres que se sienten agredidas cuando alguien cuestiona su metodología lo sienten así porque en algún lugar de su día a día se ha instalado esa incoherencia entre lo que sienten (amor) y la forma en la que están tratando a sus hijos sobre uno (o varios) temas determinados. Ser padres no nos da permiso para todo.

En cualquier caso y al margen de estas consideraciones preliminares, lo cierto es que en el día a día lo que valoramos (y juzgamos) en las demás madres y padres, por lo general,  son sus acciones, por encima de las actitudes que las motivan y por eso las mujeres llevamos años juzgándonos entre nosotras sin piedad: encontrar una “mala madre” ahí fuera nos convierte, automáticamente, en mejores madres a las demás. 

Y así, el “bando de las buenas” y el “bando de las malas” es en realidad una zanja cavada por nosotras mismas, las mujeres, y que yo creo que obedece a la necesidad de exorcizar la madre mala que todas llevamos dentro y aferrarnos desesperadamente a una buena imagen de nosotras mismas.  De hecho, todas, unas y otras, de ser preguntadas responderíamos, sin dudarlo, que somos de “las buenas”.

Pero la cuestión es que la buena madre, de hecho, no existe. Al igual que no existe su contraria. Y digo no existe porque para el niño no existe, desde el momento en que esa madre una veces da y otras niega, está muy cerca y a veces muy lejos, a veces plena y otras vacía, muchas veces competente y otras tantas incapaz. Mamá, de ser algo, a veces es buena y otras es mala. 

Así que no tiene mucho sentido el empeño que tenemos las mujeres en posicionarnos en el “buen bando” y atrincherarnos en él interpretando todo lo de afuera como un ataque. Porque la pregunta es: ¿de qué nos estamos defendiendo en realidad? ¿qué nos agrede? Para mi la respuesta podría ser que nos defendemos de tener que cuestionar nuestras propias y arraigadas actitudes y que nos agrede la constatación de nuestras propias inseguridades y limitaciones.

De ahí la importancia de ser capaces de dejar a un lado nuestra orgullosa bandera de “buena madre” (a la cual nos aferramos con orgullo como si fuera un tesoro que alguien nos quisiera arrebatar cada vez que duda) y preguntarnos de vez en cuando si no nos estaremos equivocando en algo.

Porque perseguir una bandera que no nos incluya a todas, nos aleja del propósito más noble que tenemos entre manos, que es ayudarnos a crecer unas a otras y apoyarnos en lo que podamos para ser las mejores malas madres para nuestros hijos.


 Violeta Alcocer.
Ilustración: Mónica Calvo.




martes, 3 de enero de 2012

Cuando nazca tu hijo/a...

"Cuando nazca tu hijo/a, quizás no serás quien eras,
 pero serás quien eres. 
Con toda tu luz, con toda tu sombra. 
Ella será el espejo puro y transparente 
en el que te verás todos los días
 y que reflejará quién eres en realidad. 
Y eso no debe asustarte, 
porque te ayudará a transformar las sombras en luz 
a través del poder de la ternura, de la dulzura... 
mostrándote el camino con la pureza de su ser...

Estás punto de entrar en una dimensión 
en la que sólo existe 
el momento presente vivido como un regalo y un don, 
en la que el "tiempo" como lo conocías deja de existir,
 en la que una caricia o una mirada hace que cada momento sea sagrado..."

(extraído del blog "El rumor de las libélulas")

Cuando seas madre ya nada será igual




"Y es cierto, cuando tienes un hijo tu propia vida deja de ser tan importante, darías la vida por tu niño y a la vez quieres vivir muchos años para estar a su lado cuando te necesite. Tus sueños ya no son la prioridad. Tu trabajo, que antes podía ser el centro de tus pensamientos, siempre estará en un segundo plano y tu corazón ansiará ir a ver a tu pequeño estés donde estés.
Cuando veas una desgracia, sepas de una guerra, un accidente o un incendio, te angustiarás pensando en que podría haber pasado a tu hijo. Las imágenes de niños enfermos y hambrientos te estremecen de pena y de temor, por ellos y por si algo parecido pudiera pasarle a tu pequeño.
Es cierto, el miedo a perderlo nunca te abandona del todo. Pero es que el amor es tan inmenso que es inevitable, te has convertido en una leona que cuida de su cachorro, en una hembra antigua, protectora y valiente. Ser madre te da mucha fuerza.
Tu perspectiva del mundo cambia, lo que era importante pasa a ser secundario. El dinero, el trabajo, la belleza, el éxito, el sexo, todo cede importancia ante algo muy potente y antiguo, tan potente y tan antiguo como la vida.
Si. Es verdad.Cuando eres madre ya nada es igual que antes. Y nunca te arrepentirás por ello: has descubierto el mayor amor que se puede sentir."   Mireia Long


lunes, 2 de enero de 2012

Ser madre


Es aprender a hacer todo con una sola mano.
Es comer tanto puré de zapallo y zanahoria como una nunca comió en su vida. 
O despertarse sobresaltada el domingo de mañana, 
mirar el reloj e intentar levantarse a toda velocidad para llevar a los niños a la escuela, 
sin darse cuenta de que es un día feriado. 

Ser madre es dormir con un solo ojo hasta escuchar el sonido de la llave de la puerta que anuncia que el hijo adolescente está de vuelta en casa.
Y adjudicarse la porción de torta más desarmada y el huevo frito que peor salió.
Usar el buzo que la princesa de la casa desechó por pasado de moda. 

Y reciclar el tapado de hace años para poder renovar las camperas de los pequeños.
Ser madre es aprender otra vez la regla de tres y la acentuación de las palabras graves.
Volver a armar rompecabezas y conocer de memoria a todos los héroes de los dibujitos.
Es planchar, freír milanesas y resolver cuentas de dividir, todo al mismo tiempo. 

Ser madre es darse el gustazo de recibir el primer beso con babas 
que aprendió a dar el bebé. 
Correr junto a un hijo hasta quedar exhausta 
porque está aprendiendo a andar en bicicleta sin rueditas. 
Y reservar el placer de verlo dormir como un oso. 

Ser madre es intentar tejer por primera vez para hacer una batita amarillo patito.
Y conocer a los hijos tanto hasta adivinar lo que piensan.

Camino a la maternidad...


Palpita en mi vientre la vida,...flotan, celebran y danzan a mi alrededor la pureza, la protección, la transmutación, la magia, la alquimia, la luz máxima de la existencia, así como también los ecos profundos de las sombras, dudas, miedos y juicios del inconsciente ancestral que también comienzan a aflorar como venidos de otros y antiquísimos tiempos...se elevan como espesas nubes para ser vistos, liberados y transmutados....

Se abren los portales de la vida y de la muerte como unidad, asoman los velos del Gran Misterio...y todo muy enraizado, sentido y encarnado desde el cuerpo, que va acompañando los cambios día a día.

Se torna difícil poder expresar la profundidad de este mágico proceso iniciático que se nos regala a las mujeres al ser como una diosa creadora de vida y representar a la gran madre aquí en la Tierra...tener la posibilidad de gestar vida desde dentro....transitar por este transformador camino de la maternidad.
Infinitas emociones y sensaciones se entremezclan en este viaje, tal como una oruga que se transformará en mariposa, como una doncella que se transforma en reina, como una lunita creciente que se hace llena, plena y resplandeciente...

El ser mamífera se hace una realidad, el olfato se exacerba enormemente, el instinto se hace fuerte, el recuerdo de lo salvaje de nuestra especie aflora por los poros... la fuerza de lo indómito aparece como rayos en la piel....El sentido de lo humano danza con lo animal, el corazón palpita con fuerza yel recuerdo de dónde venimos comienza a revelar la sutil y elevada vibración de este proceso degracia divina y espiritual al sentir un alma nueva anidando en este cuerpoLa Tierra y el Cielo se hacen uno dentro del vientre...

Es realmente exquisita la sensación de vida y el poder disfrutar en paz, amor, contención y compañía de este profundo estado de gracia... una real bendición, ante la cual rendirse con infinita gratitud...

(Escrito por Mahi en MaMatríztica)

10 razones para tener un hijo


Tu no eres un lujo. Tu eres impagable. Hay muchos motivos para no tener hijos. Y el mejor para tenerlos: Tu. No puedes hablar y nos explicas el mundo. No puedes correr, y nos ayudas a dar un salto. Aprendes tanto cada día y nos enseñas mucho más.









viernes, 30 de diciembre de 2011

La guerra de deseos




Si cuando hemos sido bebés, no hemos recibido el apoyo, la presencia, la mirada, la leche  y los brazos constantes de una persona maternante, es posible que hayamos aprendido muy tempranamente, que para sobrevivir había que luchar. Cuando nuestra madre nos dejaba solos durante noches enteras sumidos en el miedo y la oscuridad, era obvio que ganaba su deseo en detrimento del nuestro. Por lo tanto, comprendimos que era necesario ganar terreno e imponer de algún modo nuestra imperiosa necesidad de ser sostenidos y protegidos, a través de diversos mecanismos. Enfermarnos puede haber sido un modo eficaz. Con lo cual posiblemente nuestra madre sentía que destruíamos la poca cordura que la sostenía. Una vez que sanábamos, estaba dispuesta a volver a abandonarnos, recuperando así el terreno perdido.

Así fuimos creciendo, sabiendo por propia experiencia que había que luchar esforzadamente para obtener un lugar dentro del vínculo con nuestra madre o persona maternante. Comprendimos que dentro de ese territorio emocional había lugar sólo para uno. Que no podían convivir dos deseos.

Según nuestra personalidad, fuimos adquiriendo herramientas para echar al otro, -sea quien fuera ese otro- de ese territorio de intercambio emocional. Hicimos todo lo que fuimos capaces de hacer. Algunos de nosotros devenimos agresivos, tal vez desde pequeños mordimos o peleamos o gritamos para dejar bien en claro nuestro poder y así hemos organizado a posteriori la totalidad de nuestras relaciones hasta nuestra vida adulta. Otros nos hemos convertido en víctimas eternas, comprendiendo que podíamos tener un lugar en el mundo sólo en la medida en que otro nos lastime, nos hiera, nos humille o nos desprecie. Algunos de nosotros sólo pudimos debilitarnos para obtener amor a través de las enfermedades, cosa que seguramente hemos logrado desde niños y posiblemente hayamos aceitado ese mecanismo en nuestra adultez.  Y otros individuos, frente a la falta de cobijo y mirada, hemos intentado introducir cualquier cosa con tal de llenarnos de “madre”. Siendo niños tal vez nos hemos atiborrado de dulces y  azúcar, luego nos hemos llenado de programas de televisión o de jueguitos electrónicos, luego nos hemos llenado de comida y de actividades, y en la adolescencia hemos incorporado desesperadamente alcohol o tabaco. Así hemos llegado finalmente a la adultez, tratando de llenarnos la barriga, sin saber que en realidad no lograremos incorporar “mamá”. Pero nuestra falta emocional es tan grande, que sólo nos importa llenarnos,  y en esa desesperación, por supuesto que no hay lugar para mirar las necesidades de otros, ya que sentimos que somos los seres más necesitados del planeta. Una vez más, no hay lugar para varios dentro del intercambio emocional. Aún dentro de una relación amorosa, las necesidades personales son prioritarias. En todos los casos, hemos aprendido desde bebés, que hay que ganar para sobrevivir.

Resulta que un día devenimos madres o padres con las mejores intenciones de criar a nuestros hijos con amor y dedicación. Los niños llegan al mundo con un inmenso abanico de necesidades básicas impostergables. Y aquí  se hace evidente el problema. Es aquí donde va a aparecer la lucha por ganar el espacio emocional. Porque si somos una madre o un padre que necesita primero llenarse la barriga -en términos emocionales- no estaremos tan dispuestos a dar prioridad a las necesidades del bebé, que además son inmensas e incomprensibles.

Deseamos ser madres amorosas, pero nos sentimos invadidas por el bebé que llora, que quiere el pecho constantemente, que reclama brazos tanto de día como de noche. No estamos acostumbradas a que alguien “gane” irrumpiendo en todo el territorio, sólo porque es capaz de llorar toda la noche sin cesar. Sentimos que el bebé ocupa todo el espacio emocional y que si él lo invade, nosotras desaparecemos. Para colmo nos damos cuenta que los momentos de descanso son efímeros, y que el “tiempo para una misma” quedó en el olvido. La sensación permanente suele ser que es menester “ganarle” al deseo del niño, de lo contrario él nos va a devorar. Si provenimos de historias de carencia emocional, aunque no tengamos conciencia de ello, posiblemente sentiremos que el niño tiene demandas excesivas, y que de alguna manera habrá que ponerle límites. Creemos que esos límites que en cuanto adultos impondremos, nos salvarán y que de ese modo no “perderemos” la batalla.

Vale la pena saber que  esto no es real. Sólo es real para la vivencia de nuestra “niña interior”. Si éste es el sentimiento que nos inunda, tendremos que hacernos preguntas fundamentales y comprender cuál ha sido nuestra historia cuando fuimos bebés, para darnos cuenta con qué contamos y qué capacidad altruista podremos desplegar en la crianza de nuestros hijos. Porque posiblemente el niño no pide demasiado, sino que estamos cansadas de librar tantas batallas, sin saberlo. Y en ese caso, merecemos pedir ayuda, porque el niño tiene derecho a recibir lo que necesita, y nosotras tenemos la obligación de tomar conciencia sobre nuestras capacidades y discapacidades a la hora de maternar.


                                                                                                                    Laura Gutman



El nacimiento de nuestro “ser madre”



Hemos pasado la infancia practicando con nuestras muñecas a mecer a los bebés, calmarlos, vestirlos, desvestirlos, retarlos y dormirlos. Sin embargo, cuando el bebé real irrumpe en nuestra vida adulta, nos sorprendemos al constatar que hay pocos puntos en común entre el bebé soñado y ese monstruito que llora en los momentos menos oportunos. Y que no es verdad que los bebés sólo comen y duermen, sino que hemos quedado prisioneras de un ser voraz, necesitado al extremo, malhumorado y demandante.

Posiblemente la sorpresa tenga que ver con el desconocimiento con el que las mujeres llegamos a la maternidad respecto al fenómeno de la “fusión emocional”.  Para abordarlo, es menester darnos cuenta que la realidad no sólo está constituida por elementos visibles, concretos y palpables. Sino que también existen los mundos sutiles, los campos emocionales, perceptivos, intuitivos o espirituales. Aunque invisibles, suelen manejar los hilos de nuestra vida consciente.

En el caso de la díada mamá-bebé, es conveniente enterarse que ambos pertenecemos al mismo territorio emocional -como dos gotas dentro del océano- y que esta unión sin límites precisos perdurará en el tiempo, aunque nuestros cuerpos hayan sido separados a partir del parto y nacimiento de la cría.

“Fusión emocional” entre mamá y bebé, significa que sentimos lo mismo, percibimos lo mismo, independientemente de “dónde se origine” la sensación, ni si el sentimiento pertenece al presente, pasado o futuro, ya que en el mundo emocional no importan ese tipo de  fronteras. De hecho, las mamás “sentimos como un bebé” cuando no toleramos un sonido demasiado fuerte, cuando nos angustiamos si hay demasiada gente alrededor o cuando nuestros pechos se llenan segundos antes de que el bebé se despierte. Del mismo modo, el bebé “siente como su mamá” cuando expresa a través del llanto o de diversas enfermedades, un sinnúmero de situaciones emocionales tales como: angustia por sentirnos exigidas por el varón, dificultades económicas, obligaciones que no podemos cumplir,  la ausencia o lejanía de la propia madre, o pérdidas afectivas, por ejemplo.

Pero lo más impactante es darnos cuenta que dentro de la “fusión emocional” el niño vive como propias las experiencias de nuestra propia infancia que se actualizan y plasman en su cuerpo. Sobre todo aquellas vivencias que ya “no recordamos”, que han pasado “a la sombra”. Pues bien, la verdadera dificultad del devenir madre, no tiene que ver con ocuparse correctamente del bebé, sino con el dolor que supone confrontar ahora con las penas que no hemos podido asumir cuando éramos niñas. Devenir adultas de verdad, es darnos cuenta que hoy en día contamos con mayores recursos emocionales para hacernos cargo de nuestra historia y de las elecciones que hemos llevado a cabo.

Concretamente, las madres podemos hacer la prueba -cuando no logramos calmar al bebé  ofreciéndole el pecho, ni meciéndolo, ni hablándole ni sacándolo a pasear-  recordando alguna situación dolorosa o no resuelta de nuestra infancia, relativa al vínculo con nuestros padres. Si hemos podido traer a la conciencia alguna vivencia significativa, entonces intentemos relatarle al niño con palabras sencillas aquel dolor, aquel sufrimiento o rabia o vergüenza que aún vibra en nuestro interior. O bien, expliquémosle al niño la dificultad o el desacuerdo que tenemos actualmente con nuestra pareja, o la preocupación por la falta de trabajo, o el hartazgo por los malos entendidos con la vecina, o incluso la angustia sorda por esa amiga que emigró. Constataremos que el niño, que dentro de la “fusión emocional” vive como propias todas nuestras sensaciones -incluso las que no reconocemos como tales- se calmará. Porque sabrá de qué se trata.

Pero mucho más valioso aún resulta darnos cuenta qué importancia puede tener para cada una de nosotras reconocer ciertos sentimientos que hemos descartado por considerarlos antiguos, obsoletos o  poco valiosos. De este modo, con la ayuda de nuestros hijos -que son espejos del alma materna- podremos reconocernos tal cual somos, y colocar en un lugar superlativo las cuentas que tenemos pendientes con nosotras mismas. Nuestros bebés lloran nuestras penas, vomitan nuestros hartazgos, se brotan de nuestras intoxicaciones emocionales y se enferman de nuestras incapacidades de mirarnos con honestidad.

Esto no significa que tenemos que tener nuestra vida resuelta, ni que seamos “culpables” de lo que les acontece a los niños. Al contrario. Es una oportunidad que las mujeres adquirimos a través del acto de maternar, para conectarnos con nuestro riquísimo mundo emocional, comprendernos y respetarnos. La expresión que el niño asume de nuestros deseos y fantasías relegadas, nos obliga a hacernos preguntas existenciales, íntimas, genuinas y profundamente femeninas.

En definitiva, no devenimos madres necesariamente cuando parimos al niño, sino en el transcurso de algún instante de desesperación, locura y soledad en medio de la noche con nuestro hijo en brazos. Cuando la lógica y la razón no nos sirven, cuando nos sentimos transportadas a un tiempo sin tiempo, cuando el cansancio es infinito y sólo nos resta entregarnos a ese niño que expresa nuestro yo profundo y no logramos acallar, entonces nuestra madre interior ha nacido.

              
                                                                                                                      Laura Gutman

Cómo te cambia la vida...

Muchas veces nos preguntamos cómo nos cambia la vida siendo madres... pues bien en esta víspera de fin de semana he querido compartir una reflexión de una mamá que a la vez lo ha compartido conmigo en la red. Como siempre, espero que sea de vuestro agrado. Aquí está:

1. Descubres en tu interior una fuerza que te coge por sorpresa y hasta te asusta por su intensidad. Te sientes como una leona, preparada para defender a tu "cachorrito" con tus propias uñas y dientes. 

2. Te das cuenta que puedes ir más allá de tu límite, y del límite de tu límite, y del límite del límite de tu límite... Y esto te hace sentir infinitamente agotada y cansada, pero a la vez infinitamente capaz (¡qué verdad tan verdadera!). 



3. Sientes crecer dentro de ti un amor tan fuerte, poderoso y profundo, que a veces hasta te espanta y confunde. "¿Podré querer a otro ser como a esta criaturita?", te preguntas. Ya verás que sí (y ésa será tu gran sorpresa cuando nazca tu próximo hijo). 

4. Empiezas a entender, respetar y admirar a tus padres como nunca antes en la vida: "no es posible que mi mamá haya hecho todo esto", pensaba, "¡con cuatro hijos, tan jovencita y sin pañales desechables!" y crece genuinamente tu comprensión y gratitud hacia ellos. 

5. Por primera vez entiendes que "sacrificio" no significa sufrimiento sino: "sacro" + "oficio", o sea, "trabajo sagrado". Comprendes la enorme importancia del lugar que ocupas en el mundo como madre, y el gran valor de tu trabajo. 

6. Aumenta tu compasión por todos los niños. Poco a poco te vas haciendo madre no sólo de tus hijos, sino de todos los demás niños del mundo. No soportas ver sufrir a un niño en las noticias, ni en una película de televisión, ni en la calle. 

Y entre los cambios más cotidianos... 

7. En tu casa, tu vida, tu trabajo... reina un nuevo orden, o más bien, desorden. Aceptarlo es clave para tu felicidad y paz interior, o sea que date por vencida y disfrútalo. 

8. Descubres el placer y el valor de los momentos de silencio, de una ducha caliente al final del día, una taza de café con una amiga, una película en casa con tu pareja, una noche de sueño profundo... y disfrutas a fondo cada uno de esos instantes. 

9. Borras de tu diccionario la palabra "asco". Cuando a tu hijo se le cae el chupete en el suelo, lo recoges tranquilamente y lo "limpias" con naturalidad en tu propia boca antes de volvérselo a dar. 

10. Aprendes a dominar el arte de la improvisación. Compones increíbles melodías, transformas tus dedos en marionetas, e inventas fantásticas y absurdas historias para mantener entretenido a tu bebé (sobre todo cuando está cansado, aburrido o enfermito). 

11. Tu cinturita (y todo lo que queda al norte y al sur de ella) definitivamente no es la misma de antes, pero te sorprendes al darte cuenta de que estás mucho más interesada en el ombligo de tu bebé que en el tuyo propio. 

12. Las horas dejan de tener 60 minutos y los días dejan de tener 24 horas. El tiempo ahora parece transcurrir a un nuevo ritmo (debido seguramente a algún arte de magia del bebé) y por ese extraño cambio llegas con retraso a casi todas tus citas. 

13. Los momentos a solas con tu pareja son escasos y breves, pero los dos aprendéis a disfrutarlos y aprovecharlos, aunque un cierto lloroncete esté a punto de interrumpirlos. 

14. Como un malabarista que va agregando más y más objetos a su acto, aprendes a hacer dos, tres, cuatro, cinco... cosas a la vez, ¡y sin que se te caiga ninguna pelota! 

15. Compruebas que nada, ni siquiera las matemáticas, es una ciencia cierta. Al fin y al cabo 1 + 1 = 3, y 3 no son demasiados, sino... una familia. 

Y por fin, como esa leona que defiende a sus cachorritos, a medida que crecen vas "soltando la rienda" y te das cuenta que ser mamá no significa proteger eternamente a tu niño de los peligros, problemas y conflictos de la vida, sino permitir que vaya enfrentando sus pequeños problemitas, confiada en haberle dado las herramientas necesarias para que vaya aprendiendo a solucionarlos.


(extraído del blog Crianza y confianza)

CARTA DE UNA MAMA A SUS HIJOS

Por Isabel Allende

Siempre que quieren hablar de madres en la televisión muestran mujeres con chicos en los brazos, sonrientes, dulces, cariñosas,
sin una pizca de cansancio, espléndidamente maquilladas y a eso agregan maravillosas frases de posters.

¡¡Mentiras !!!

Las mamás no somos abnegadas amantes del sacrifico y aguerridas guerreras que todo lo pueden.

Las mamás lloramos abrazadas a la almohada cuando nadie nos ve, pedimos la peridural en el parto y puteamos en 17 idiomas cuando tenemos que poner el despertador a las 2 de la mañana para ir a buscarlos a una fiesta.

Cuando les decimos que no se peleen con ese compañerito que les dice 'enano' o 'cuatro ojos', y les damos toda clase de explicaciones conciliatorias, en realidad querríamos tener el cogote del pequeño verdugo entre nuestras manos.

Y también pensamos que la vieja de geografía es un mal bicho cuando les baja la nota porque no saben cuántos metros mide el Aconcagua que,
al final, a quién cuernos le importa. Pero no lo podemos decir.

No es que nos encante pasarnos horas en la cocina tratando de que el pescado no tenga gusto a pescado y disimulando las verduras en toda clase de brebajes, en lugar de tirar una hamburguesa a la plancha.... Es que tenemos miedo de que no crezcan como se debe.

No es que nos preocupe realmente que se pongan o no un saquito... Es que tenemos miedo de que se enfermen.

No es que los queramos más cuando se bañan.... Es que no queremos que nadie les diga roñosos.

No lo hacemos por Uds. Lo hacemos por nosotras.

Porque ser mamá no tiene que ver con embarazos, pañales y sonrisas de aspirinetas.

Tiene que ver con querer a alguien más que a una misma. Con ser capaz de cualquier cosa con tal de que ustedes no sufran.
NADA, nunca, jamás.

Ustedes nos hacen felices.... cuando les encantan nuestras milanesas, cuando nos consideran sabias por contestar todas las preguntas de los concursos de la tele.

Cuando vienen llorando a gritos porque se rasparon la rodilla y nos dan la posibilidad de darles consuelo y curitas.

Cuando recién levantadas nos dicen, qué linda que estás, mamá.

Ustedes nos hacen mejores.

Nos dan ganas y fuerzas. Nos comeríamos un gurka crudo antes de que les toque un dedito del pie. Nos lavamos la cara y salimos del baño con una sonrisa de oreja a oreja para hacerles saber que la vida es buena, aunque nos vaya como el reverendo...

Cantamos las canciones de Chiquititas y vemos Barney y escuchamos a Los piojos y compramos Nopucid y repasamos 500 veces la tabla del 2 y arreglamos el carburador para llevar a los pibes a fútbol,a inglés,a dibujo, a la psicóloga, a basquet, a volley, a danzas, a la casa de la amiga, a la maestra particular, al dentista, al médico, a comprar un pantalón...

Y armamos 24 bolsitas con anillitos y pulseritas y tratamos de que la torta parezca un Pikachu y nos buscamos otro trabajo y sacamos créditos
y nos compramos libros y vamos al psiquiatra y al pediatra y a los videos y negociamos con los maestros y los acreedores y recortamos figuritas
y estudiamos junto a ustedes ríos,provincias, las capitales de los países de Europa y nosponemos lindas y nos enojamos y nos reímos y nos salimos de quicio y nos convertimos en la bruja y la princesa de todos los cuentos....

Sólo y exclusivamente para verlos felices.

VERLOS FELICES ES LO QUE NOS HACE FELICES. Ojalá pudiéramos pegar el mundo con cinta scotch (como el velador que cayó en combate en la última guerra de pijamas party), para que fuera un lugar mejor para ustedes.

GRACIAS POR HACERME SU MAMÁ. GRACIAS POR HACERME TAN IMPORTANTE.

Gracias, por esas porquerías que hacen en el colegio con corchitos y escarbadientes (que casi nunca entiendo para que sirven pero guardo religiosamente),
Gracias por los abrazos, los besos,las lágrimas, los dolores, los dientes de leche, las cartitas, los dibujos en la heladera, el Amoxidal por tantas noches sin dormir, los boletines, las plantas rotas del jardín por jugar a la pelota, por mi maquillaje arruinado por ser usado para jugar a la mamá, por las fotos de la primaria .....

Son mis mejores medallas. Gracias porque LOS AMO. Y ese, es el amor que me hace grande.

LO DEMAS ES MARKETING.


(Foto: Gioia Albano)