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domingo, 4 de marzo de 2012

De niños a adultos


Desde el momento en que una pareja se entera de que en pocos meses serán padres, algo cambia para siempre.
No dejarán de ser hijos, pero dejarán de ser niños. 
Y al niño que dejarán de ser lo guardarán en su interior en un lugar más o menos amable (según como sean capaces de amar a ese niño que fueron) y bajo la piel que se quiten amanecerá otra piel más robusta, caliente y viva: la piel de padre y la piel de madre.
A su vez, sus propios padres no dejarán de serlo, pero desde ese momento su función cambiará inevitablemente y serán abuelos.

Con la llegada del bebé, como veis, todos se quitan una piel para ponerse otra (hasta el bebé, que hasta entonces “no es”, se pone la piel del que “es”).

Pero no siempre sucede de esta manera. Es muy común (más de lo que pensamos) que a los nuevos padres no se les permita dejar de ser niños. Durante el embarazo, instituciones, familiares y conocidos les considerarán incapaces de tomar sus propias decisiones de forma adecuada y les invitarán a “dejarlo en manos de los que saben”.

A la mujer, concretamente, se la recordará de mil y una maneras que es una niña: se la vestirá con camisones rosas de encaje y se la rodeará de un halo específicamente asexual que limpie cualquier aroma a sexo, a sudor o a hembra encinta. Ahora, más que nunca y pese a la evidencia creciente de su sexualidad vibrante y fértil, se la infantilizará hasta el extremo y se le informará de que durante la gestación (precisamente uno de los  momentos de mayor plenitud y creatividad en la vida de una mujer) tan sólo ha de ocuparse de “contener” al hijo que crece en su interior,  pero sin ejercer su pensamiento crítico o su deseo en modo alguno. También puede pasar que  ,en vez de esto, se la masculinice, aplaudiendo su capacidad de negación de la barriga en forma de trabajo impenitente y conexión con demandas externas y apremiantes como reuniones, emails e informes.  

Más de lo mismo sucede en el transcurso de la mayoría de los partos, en los que personas adultas y competentes son tratadas como auténticos incautos y, de este modo, pasan por el aro del abuso de poder como corderitos temerosos. No les culpo: la amenaza por lo general es perder a su cría si no obedecen.

Recién nacido el bebé acudirán raudos y veloces los mismos que todavía le siguen hablando a ese niño que llevamos dentro como si fueran incapaces de ver delante de sí a un hombre y una mujer hechos y derechos, y se instruirá a los nuevos padres sobre todo lo relativo al cuidado y atención de su cría, deslegitimando cualquier intento de espontaneidad, instinto y naturalidad que los nuevos padres puedan mostrar.

 Al hombre se le relegará a un segundo plano y se le negará la posibilidad de ejercer su paternidad más allá de trabajar más duro si cabe para alimentar a su mujer inoperante y al bebé que esta transporta.  Mientras haga “lo que debe hacer” será aplaudido y aceptado, pero ay de él como se le ocurra reclamar su derecho a sentir en las entrañas algo más que aplomo y seguridad en sí mismo.

Lo que familiares, conocidos e instituciones hacen con el nacimiento, la paternidad y la maternidad no tiene perdón,porque efectivamente invalida e inhabilita a los nuevos padres poder hacer un ejercicio competente de su parentalidad y deja a los bebés absolutamente desprotegidos y en manos de personas incapaces de darles lo que los éstos necesitan: conexión y comunicación profundas.

En algunos casos, este fenómeno se limita a los momentos que rodean al nacimiento y con fortuna los nuevos padres se rebelan contra este papel y (por lo general a escondidas) buscan un espacio que les pertenece y lo hacen valer de la mejor forma que pueden, consiguiendo así que nazca de una vez por todas la familia, su familia, y que sus hijos puedan tener por fin unos padres adultos, no unos niños.

Sin embargo en otros muchos casos los nuevos padres nunca llegan a serlo. Nunca llegan a crecer, a quitarse la piel del niño, a hacer valer su palabra frente a la palabra de los que, por sus propias dificultades personales, no quieren o no pueden dejar el lugar que tantos años ocuparon y dejar de ejercer la función que tantos años ejercieron.

Crecer es un proceso complejo y casi siempre doloroso. Y cuando sentimos que para poder crecer necesitamos el permiso de aquellos que han de dejarnos su sitio, subordinamos todas las posibilidades a la mirada y la decisión vital del otro (decisión que puede hacerse esperar años). Quizá cuando fuimos niños no teníamos otra elección, pero no nos equivoquemos: ahora sí la tenemos. 
Nuestro sitio como padres y madres no debería pretender necesariamente imitar ni ocupar el sitio de aquellos que un día nos criaron y educaron, aunque ese niño que llevamos dentro no conozca otra manera de hacer las cosas. Desde el adulto que hoy somos, podemos elegir tomar nuestras propias decisiones, ocupar nuestros propios espacios, ejercer nuestras funciones a nuestra manera, por lo que no es necesario esperar a que los demás legitimen ese derecho que nos es propio. Podemos hacerlo ya, desde este momento. 
Como mujeres y hombres podemos hablar lo que callamos como niños.

Vuestro embarazo es vuestro.
Vuestro parto es vuestro.
Vuestro puerperio es vuestro.
Vuestra maternidad y paternidad son vuestras.
Que nadie os arrebate esos derechos.

Violeta Alcocer.

miércoles, 18 de enero de 2012

Para ser buenos padres hay cosas que no pueden faltar

Los papás y mamás actuales se encuentran muchas veces desbordados. El ritmo de vida que les arrastra les deja poco tiempo para la reflexión. Las pautas educativas han cambiado tanto en tan poco tiempo que es difícil saber como actuar en las circunstancias complicadas. A los niños les compramos muchas cosas y los apuntamos a muchas clases, a los pequeños los estimulamos pero nos cuesta renunciar al ocio adulto para jugar con ellos. Cansados, caemos en los gritos, la impaciencia y los castigos, no sabemos como manejar las situaciones. Y es que para ser buenos padres hay algunas cosas que no pueden faltar.
Lo primero es tener autocontrol. Nos enfadamos con las rabietas, caprichos y regresiones de los niños, si lloran o gritan o patalean. Les exigimos un autocontrol que ellos no tienen y que lleva tiempo desarrollar. Pero lo vergonzoso es que les exigimos ese autocontrol prematuro y lo hacemos gritando, poniéndonos furiosos y atacados de los nervios.
Los adultos somos nosotros y si no hemos aprendido a estas alturas a controlarnos ya es hora de empezar a hacerlo. Nosotros tenemos que aprender a controlarnos y a organizar nuestro devenir cotidiano de un modo que nos permita disfrutar de esa mínima calidad de vida, en vez de montar en cólera si un pequeñín se ve desbordado por el cansancio o las emociones.
Además hace falta mucha coherencia. Los niños no aprenden de lo que les decimos que está bien o está mal. Los niños aprenden de lo que hacemos. Seamos coherentes y no digamos algo que no somos capaces de cumplir.
bebé y mamá
Nada mas ridículo y vergonzoso que un padre gritándole a un niño pequeño que como vuelva a pegarle a su hermanito le parte la cara. O ese que amenaza con cosas que no cumplirá, miente descaradamente para que el niño obedezca inventando castigos de Reyes Magos que no vendrán, pero se comporta de un modo maleducado y poco cívico mientras repite ideas educativas que hasta un niño de dos años se da cuenta que su padre incumple descaradamente.
Si le dices a tu hijo que no grite, no grites tu. Si no quieres que pegue, no pegues tu. Si quieres que respete a los mayores, respeta tu a los demás, incluídos a los niños. Si no quieres que diga tacos o insulte, ya sabes lo que debes abstenerte de hacer. Si quieres que sea limpio, lávate las manos y los dientes delante de él. Si quieres que no tire papeles y que cuide su salud, no fumes delante de él, no tires las colillas al suelo y menos a su parque, y no escupas en la calle. Si quieres que lea, empieza a leerle y a leer para ti mismo. Si quieres que estudie, apaga la tele y deja de ver tanto futbol y culebrones para ponerte a aprender cosas tu. El ejemplo es fundamental.
Hay que tener empatía y saber ponernos en la piel de nuestros niños, sintiendo lo que sienten, la pena, el miedo, la alegría, los nervios. Si somos capaces de empatizar con sus emociones es mucho más sencillo comunicarnos y escucharlos, sobre todo cuando no son todavía capaces de expresar perfectamente sus sentimientos con palabras.
No burlarnos, no provocar sus miedos, no azuzarlos, no exigirles que superen emociones que los paralizan, serán beneficiosas consecuencias de la empatía activa.
Los insultos, las mofas, las amenazas y el chantaje emocional son cargas con las que quizá crecimos pero ya es hora de reconocer que son algo dañino y vergonzoso aunque sobreviviesemos a ellas. Nada de lo que nos duele o nos molesta debemos hacérselo a los niños y desde luego no sirve más que para realimentar el círculo de la violencia.
Los entenderemos, pero sólo si nos atrevemos a sentir con ellos en vez de decirles como tienen que sentirse. Y de ese modo sembraremos la confianza que se gana, que no viene de repente en la adolescencia, que hay que fomentar desde que son bebés y sienten que estamos a su lado para acunarlos cuando necesitan amor.
Ni el respeto ni la confianza se merecen por haber engendrado un vástago. Como todo lo que vale la pena, hay que ganárselo y saber conservarlo.
Añadamos a esto la indispensable flexibilidad de la que hay que proveerse. Solemos decir que NO cientos de veces al día a los niños, mientras ellos se mueven en espacios y tiempos irrespetuosos con sus ritmos y necesidades.
Decir “no” hay que decirlo, sobre todo al consumismo o a la violencia, pero hay que mantenerlo en su límite. Muchas veces, si reflexionamos, las cosas que no permitimos hacer en determinado momento podríamos haber accedido a ellas simplemente parando, olvidando esa necesidad nuestra de actuar deprisa, dejando que los niños disfruten de su derecho a explorar el mundo y la vida.
Es decir, seamos flexibles y sepamos distinguir lo verdaderamente importante de lo que podemos negociar con ellos. Y por supuesto, expliquemos nuestras negativas y límites del mejor modo adaptado a sus edades. Los niños a los que se les explican las cosas terminan entendiéndolas. A los que se les manda “porque soy tu padre“sin argumentos ni explicaciones, a los que se trata como idiotas a los que domar, a los que no se les explican las cosas, no entenderán.
El “porque yo lo digo” es un argumento muy pobre, que revela que tenemos esacasísimos recursos verbales y comunicativos. Y que nos deja en muy mal lugar delante de unos niños que nos ven como dictadores sin capacidad de negociación y que no saben explicar sus motivos o argumentos. No fomenta el que los hijos nos respeten, porque el respeto se gana y no se merece por el simple hecho de ser los padres.
Y para terminar dejo lo indispensable: la paciencia. La paciencia que hemos perdido, la que les exigimos a los niños, la que ellos tanto necesitan de nosotros. Las rachas complicadas en los procesos de crecimiento de los niños pasarán seguro. Pero los niños viven el ahora y esperar se les hace muy difícil, como mas difícil todavía es para ellos el adaptarse a nuestras ausencias. Paciencia. Somos los adultos. No lo olvidemos.
No me quiero dejar algo que creo que es casi innecesario mencionar: abrazos, besos y mimos que nunca se escatimen. Y todo el tiempo posible a su lado, conscientes, abiertos a sus necesidades emocionales y de juego. El amor nunca es en exceso.
Para nuestros hijos nadie hay en el mundo más importante que nosotros, a nadie aman más. Parar, sentarnos a su lado, entregarnos a su necesidad de nuestra presencia, darles afecto y tiempo, todo el tiempo posible, es una experiencia que nos enriquece. Y que a ellos les hace confiar en la vida y disfrutarla.
En resumen, para ser buenos padres hay cosas que no pueden faltar. No nos debe faltar el autocontrol, la coherencia, la paciencia, la flexibilidad y la empatía. Pero eso no bastará, pues ser padres es una enorme responsabilidad en la que además de educar a un hijo y acompañarle en su crecimiento, deberemos educarnos a nosotros mismos y crecer para ser mejores personas.
Autor: Mireia Long, en Bebés y más

martes, 3 de enero de 2012

Padres conscientes

 "A estos hombres nuevos que maduran y se embellecen cuando se convierten en padres. 
A éstos hombres a quienes se les ha permitido llorar y emocionarse, y que ahora,
 convertidos en compañeros de camino, abrazan su paternidad con entrega y devoción.A los hombres que no necesitan demostrar nada, que simplemente aceptan la vida como llega, poniendo al servicio de ésta su energía y su conciencia.
A los hombres que nos cuidan, nos aman y nos aceptan sin juicios, aunque no nos comprendan.
A los hombres que ejercen su paternidad con orgullo y madurez emocional, con coraje.
A los hombres que se emocionan cuando miran a sus bebés y que les aman sin medida, mostrando su lado femenino y su sensibilidad sin miedo a perder su hombría.
A quienes nos acompañan sin juzgarnos, y nos consideran las más bellas 
aunque hayamos ganado unos kilitos o el cansancio acuse nuestros rostros... 
A aquellos que en verano van a la playa cargados como sherpas...
A aquellos hombres que pasan noches en vela con nosotras 
porque sus bebés lloran, porque tienen gases,
 porque les duelen los dientecitos...
A los hombres que han esperado y han gestado con nosotras
 durante 10 lunas maravillosas, 
soñando familia, preparando el nido...
A los hombres que nos han acompañado en el parto con sensibilidad,
 aliento, presencia y energía.
A quienes no les precocupa el sentirse desplazados por nuestros bebés,
 pues tienen amor infinito por sus parejas y por sus hijos, 
porque su fuerza es su individualidad, 
y la conciencia que han reclamado en sus viajes interiores... 
Pues han enfrentado sus miedos y sus vacíos y los han llenado con amor a sí mismos...
 un amor que no se agota, que no se rinde, que madura y que florece cada día.
Para ellos toda mi admiración y devoción, pues a través de estos padres y madres conscientes, 
están llegando seres maravillosos a este planeta, 
que educados desde la sensibilidad, la comunicación y la conexión, podrán cambiar el mundo.
Un mundo que ya está cambiando, por cierto..."


(Extraído del blog El rumor de las libélulas)