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martes, 6 de marzo de 2012

Estar en brazos es LA felicidad...

El bebé necesita contacto físico, es el alimento de su corazón, tan vital como el alimento o los cuidados. Para su bienestar emocional e incluso para su salud tener todo el contacto físico que soliciten es fundamental. Estar en brazos es la Felicidad, en absoluto, en mayúsculas.
Hay bebés que lloran mucho si están en su cuna. Solamente se calman cuando los tomamos en brazos y vuelven a llorar si los dejamos de nuevo. Incluso, aparentemente dormidos, se despiertan reanudando el llanto si los dejamos en la cuna para que sigan dormidos, lo que llamo el síndrome de la cuna con pinchos.
Solemos escuchar que hay que dejarlos en la cuna para que se acostumbren y que si los tomamos en brazos cuando lo piden es que nos toman el pelo. Nada más lejos de la realidad, los bebés lloran y piden brazos porque necesitan emocionalmente ese contacto físico para sentirse seguros y amados.
No hay explicaciones que les valgan, no están preparados para entender que en la cuna están seguros. Su instinto les hace llamarnos y recuperar la serenidad con nuestro contacto.

Los sentimientos de las madres

Las madres a veces se sienten agobiandas por la constante llamada del niño, pero, si escuchan sus instintos, pueden reconciliarse con esa necesidad y disfrutar de ella. Usar una bandolera o un pañuelo para llevar al niño en contacto con su cuerpo les puede ayudar a recuperar la posibilidad de moverse con mayor libertad y es de ayuda en muchos casos.
Sin embargo esa sensación que ellas puedan tener no es mala. Las madres, especialmente las mamás recientes, sienten muchas veces revolotear sobre ellas el constante juicio sobre su maternidad. Por eso quiero decir que incluso esa necesidad de espacio no es juzgable y tenemos que aceptarla, pero sin dejar que perjudique a nuestro hijo.
Entendámonos y amémonos. Las mujeres a veces nos juzgamos con más dureza que nadie. Y quiero decir con esto que recuperar la memoria de las costumbres ancestrales nos ayudará a comprender mejor nuestras necesidades y las de nuestros bebés.
Las madres de hoy están solas. En su casa, abrumadas por la maternidad de descoloca su propio concepto de si mismas, golpeadas por sentimientos contrapuestos. Eran mujeres independientes y nunca nadie las previno sobre ese amor loco y apasionado por su hijo ni sobre la necesidad permanente que el niño tiene de ellas.
Pensemos en las madres de siempre, nuestras antepasadas. Ellas no estaban solas. Sus madres, hermanas y comadres las sostenían, las acompañaban y cuidaban de ellas. Les ayudaban a cuidar de su hijo. Se turnaban para que ellas pudieran recuperarse y además les enseñaban a llevar el niño a su espalda mientras realizaban cualquier actividad.
En la medida de lo posible el reproducir esas condiciones óptimas de crianza ayudará mucho a que la madre no se sienta abrumada por ese contacto físico permanente. El padre también puede portar al bebé cuando se encuentre en casa y eso reforzará sus sentimientos de ternura, le hará sentirse más cercano a su hijo y también comprender mejor a su compañera.
El poder encontrar acompañamiento de otras madres con experiencia y deseosas de colaborar también será beneficioso para la mamá reciente. La ayuda de las amigas y familiares o de grupos de crianza ofrecen ese sostén necesario.

La importancia del contacto físico

El contacto físico constante del que el bebé manifiesta la necesidad es así más sencillo. Y si comprendemos y aceptamos que no es un capricho ni un chantaje estaremos mucho mejor dispuestos a ofrecerlo.
Cuando el bebé reclama brazos y contacto físico no nos pide algo irrazonable, nos pide algo que necesita. Para él, sentir nuestro cuerpo es bienestar. Lo más natural e instintivo es estar sostenido por su madre o por otro adulto con el que se sienta apegado, ya que no puede sentirse contenido ni protegido por nada más. No sabe que nuestras casas son seguras, sigue siendo una cría de primate incapaz de valerse por ella misma, incapaz de protegerse o ponerse a salvo.
La madre, su cuerpo, su olor, su pecho, su mirada, su voz y sus caricias son su hábitat natural. Para el bebé estar en brazos es la Felicidad.

Mireia Long en Bebés y más.

La Relación Física con su Bebé




El contacto físico no solo satisface las necesidades de cercanía y afecto para el bebe; cargar al bebe, implica brindar seguridad, estimulo y movimiento. Contrario a los consejos bien-intencionados para dejar su bebé llorando para que se aprenda, nunca debería dejar a su bebé llorando.


El contacto piel con piel, es específicamente efectivo durante la lactancia, los baños y masajes. Cargar al bebe en brazos o usar un "canguro" para salir de paseo, también satisface las necesidad de contacto físico.
Abrazos, caricias, masajes y juegos físicos, ayudan a satisfacer las necesidades de contacto de los niños mas grandes.

Los bebes nacen con una necesidad urgente e intensa de completa dependencia. El contacto físico provee seguridad, estimulación y movimiento. Los padres que brindan este tipo de acercamiento, promueven el desarrollo de fuertes lazos afectivos con sus hijos. Incluso los niños mas grandes necesitan estar conectados a través del contacto físico con sus padres y así fortalecer mas aun el vinculo.


 Necesidades y Beneficios del Contacto Físico

Para los chicos, el contacto corporal estimula la producción hormonal que participa en el crecimiento, enriquece el desarrollo intelectual y motor y ayuda a regular la temperatura corporal de los bebes, la frecuencia cardiaca y los patrones de sueño y vigilia.

Los bebes que reciben contacto corporal, ganan peso mas rápidamente, se alimentan mejor, lloran menos, son mas calmos y presentan un desarrollo motor e intelectual mas rico.

Las culturas en donde la conexión física hacia los bebes es mas frecuente, tienen menor índice de violencia física entre los adultos.


Como Proveer el Contacto Físico que Nutre

La conexión piel con piel es especialmente efectiva

Amamantar y compartir la hora del baño, brinda una buena oportunidad para las caricias

Los masajes pueden calmar a los bebes con cólicos, ayudan a los chicos a conciliar el sueño y provee también una excelente oportunidad para la interacción y el juego.

Sostener al bebe en brazos así como cargarlo en canguros para ir de paseo, satisface la necesidad de contacto físico, seguridad, movimiento y estimulación necesarios para promover el desarrollo neurológico.

Ser cauto con el sobreuso de artículos diseñados para "sostener" al bebe independientemente tales como columpios, saltadores, cochecitos y andadores de plástico.


Contacto Físico y los Chicos mas Grandes

Los abrazos frecuentes, caricias y masajes, satisfacen las necesidades de cercanía y contacto físico así como también el juego físico y las cosquillas

Las cosquillas y el juego físico deben ser orientadas en intensidad y cantidad, por el deseo del niño y nunca deberían ser forzadas por el adulto

Usar el juego como oportunidad de acercamiento físico

Todos los humanos necesitan el contacto físico para sobrevivir.

Tomado de www.attachmentparenting.org


Bebé atendido, adulto feliz

dulces sueños
Los bebés atendidos serán adultos felices. Está demostrado, o al menos así lo afirman los autores de un estudio recientemente publicado en una prestigiosa publicación médica: ‘Journal of Epidemiology and Community Health” y que ha sido realizado por investigadores de la Universidad de Duke, en Estados Unidos: los adultos que durante su infancia recibieron mucha atención y afecto de sus madres crecen más seguros de si mismos y con mayor capacidad de hacer frente a la angustia y las preocupaciones.
Resumiendo, los adultos que tienen una grata experiencia de la infancia y eran cuidados amorosamente por su madre son más felices que aquellos a los que se les ha limitado el afecto y el contacto.
Los autores realizaron pruebas y entrevistas psicológicas a más de 400 personas de parecido perfil y concluyen que se puede demostrar que las experiencias vitales de pequeños pueden influir en la salud emocional del adulto, siendo el afecto de la madre el aspecto que más influencia tiene y permite crecer con más seguridad, confianza, tranquilida antes las tensiones y capacidad de tener relaciones sociales sanas y enriquecedoras.
Pese a que pseudoexpertos se han pasado los últimos años aconsejando que madres e hijos mantuvieran un contacto físico y afectivo limitado y que los bebés no sean tomados en brazos, atendidos cuando lloran o no se les atienda por la noche cuando se despiertan aduciendo que, si seguimos nuestros instintos protectores, los convertiremos en seres dependientes e infelices, la ciencia poco a poco está demostrando que los niños humanos necesitan afecto y contacto fisico para crecer felices y poder ser adultos felices.
Las mamás deben ser receptivas hacia las necesidades de sus hijos, atenderlas, darles afecto y brazos. Es algo maravilloso e instintivo que además cada vez queda más claro que les beneficia ahora y en el futuro.
Toda esa palabrería tendrá que desaparecer. Los consejos de que se acostumbran, lo de que van a estar consentidos, y por supuesto, los métodos indemostrados para hacerles dormir solos y sin rechistar tienen los días contados: los bebés necesitan afecto y atención para poder ser adultos sanos emocionalmente.

domingo, 4 de marzo de 2012

La importancia de la primera hora

LA PRIMERA HORA ES IMPORTANTE. 

El inicio temprano de la lactancia, durante la primera hora después del parto y con el bebé mamando en posición correcta, contribuye al éxito de la lactancia materna. Por ello tanto OMS como UNICEF recomiendan que la lactancia materna se inicie lo antes posible tanto si se trata de un parto hospitalario como domiciliario.

 ¿Por qué es tan importante el contacto piel-con–piel después del parto y la lactancia materna durante la 1ª hora de vida?


 1. El cuerpo de la madre mantiene al (a la) bebé a una temperatura adecuada, lo que es particularmente importante para bebés pequeños(as) y de bajo peso al nacer.

2. El(la) bebé está menos tenso(a), más tranquilo(a) y presenta una respiración y frecuencia cardiaca más constante.

 3. El(la) bebé está expuesto(a) inicialmente a bacterias de la madre, que por lo general no son nocivas, y contra las que la leche materna tiene factores protectores. Éstas colonizan los intestinos y la piel de el(la) bebé y compiten con bacterias más nocivas provenientes de quienes acompañan a las madres en el parto como por ejemplo, el personal de salud y medio ambiente y evitan infecciones.

 4. El(la) bebé recibe calostro durante las primeras tomas –oro líquido- denominado el regalo de vida.

• El calostro es rico en células inmunológicamente activas, anticuerpos y otras proteínas protectoras. Por lo tanto, sirve al(la) bebé como su primera inmunización. Le protege contra muchas infecciones. Le ayuda a regular el sistema inmune.
   • Contiene factores de crecimiento, que ayudan a madurar el intestino de el(la) bebé y a su función efectiva y dificulta que los microorganismos y alérgenos penetren su organismo.
• Es rico en Vitamina A, que ayuda a proteger la vista y disminuye las infecciones.
 • Estimula los movimientos intestinales en el(la) bebé para que el meconio sea expulsado rápidamente de los intestinos. Esto elimina sustancias que causan ictericia y por tanto la previenen.
 • Viene en pequeñas cantidades, lo que es más conveniente para la nueva criatura.

 5. El tocar, tomar con su boca y succionar el seno estimula la liberación de la oxitocina – esto es importante por muchas razones:

• La oxitocina provoca que el útero se contraiga. Esto puede ayudar a expulsar la placenta y a reducir el sangrado de la madre después del parto.
 • La oxitocina estimula otras hormonas que hacen que la madre se sienta más tranquila, relajada y, como dicen, “enamorada” de su bebé.
 • La oxitocina estimula el flujo de leche de las mamas.

 6. Cuando se inicia el vínculo afectivo entre madre y bebé, las mujeres sienten una gran alegría. Muchas veces los papás y parejas pueden compartir esta felicidad.

 7. En general, el contacto piel-con-piel y las tomas tempranas de calostro están asociadas a una disminución en la mortalidad durante el primer mes de vida. También se asocian a un aumento en la lactancia materna exclusiva y a una mayor duración de la lactancia materna en los meses siguientes, lo que conduce posteriormente también a una mejor salud y a una mortalidad reducida.



domingo, 1 de enero de 2012

La importancia del vínculo temprano y apego en la primera infancia

Lic. Rosina Duarte
Psicóloga Infanto-Juvenil. UBA
Coordinadora del Primer Programa Argentino de Formación en Primera Infancia y Crianza

La primera infancia es una etapa caracterizada por la indefensión de los niños o bebés pequeños, donde prima la necesidad. Es necesario que los adultos sean los encargados de satisfacer esas necesidades básicas del niño de manera correcta e inmediata para establecer en él sentimientos de seguridad y confianza en sí mismo y respecto al entorno. Teniendo en cuenta que la capacidad de formar y mantener relaciones que tienen los seres humanos es una de las herramientas más importantes para su vida, es que los padres deben acompañar y ser protagonistas en esta etapa vital de sus hijos para lograr su desarrollo psico-emocional sano.
Cuando se habla de vínculo se refiere necesariamente al encuentro de dos personas como condición necesaria para vivir, y en esta etapa de la primera infancia el bebé necesita de sus padres, de los otros responsables que vayan al encuentro con él para otorgarle un marco de contención y apego vital para el futuro.

Durante el desarrollo infantil, se denomina apego al vínculo específico y especial que se forma entre los padres y el niño, y que le otorga a éste la seguridad emocional necesaria para sus futuras relaciones y su personalidad.

Algunas características del vínculo de apego son:

- Es una relación emocional perdurable con una persona específica.

- Produce seguridad, tranquilidad, confianza y placer.

- Cuando existe la pérdida o la amenaza de una posible pérdida de la persona, aparece un alto monto de ansiedad.

El estado de seguridad, ansiedad o temor que tenga un niño está determinado por la accesibilidad y capacidad de respuesta de sus padres (o figuras de apego). Entonces, cuando un niño tuvo una relación sólida y saludable con los padres durante la infancia, en el futuro presentará una alta probabilidad de vincularse a través de relaciones saludables con otros. Sin embargo, si un niño tuvo un apego pobre podría presentarse de adulto con problemas emocionales y vinculares. Resulta necesario indicar que el vínculo temprano se instala en los primeros años de vida y continúa reflejándose en todos los vínculos a lo largo de la existencia.

Sugerencias para afianzar el vínculo

- Mirada: Mirar detenidamente al bebé, reconocerlo, buscar su mirada. A través de la mirada del otro y según cómo es esa mirada –cálida, constante- el bebé irá forjando parte de su personalidad, sintiéndose seguro y confiando en sí mismo.

- Sostén: Las caricias, abrazos y mimos hacen que el bebé se sienta sostenido y contenido, que es sumamente necesario para ordenar y estructurar el entorno del bebé pequeño. Necesita de un otro que lo sostenga para brindarle apoyo.
- Contacto: Besar, mecer, bañar y alimentar son modos de trasmitir nuestro calor corporal. El contacto corporal le trasmite al niño tranquilidad y seguridad para manejarse con su entorno.

- Sonrisa y los movimientos rítmicos. Reír y sonreírle, cantarle, bailar. Los padres funcionan como espejos para los niños. Entonces, lo que ellos le otorgan a través del cuerpo el bebé puede aprenderlo y copiarlo e ir internalizando esas sensaciones que siente al momento de la interacción con sus padres.

- Comunicación: Hablar con el bebé, trasmitirle nuestro amor y afecto. Es muy importante decodificar las señales del bebé. Es otorgando sentido a esos “sonidos” que el bebé emite que se ratifica y se le brinda un lugar especial, ya que es su modo de comunicarse con los padres. Son los adultos quienes tienen que ejercer la función de decodificadora para con el recién nacido.

En los bebés lactantes:

- Este vínculo ya comienza durante el embarazo, primero el vínculo con la madre en su vida intrauterina y también con el padre a través de las palabras y atenciones recibidas. Luego, continúa con la madre mediante el acto de amamantar; en el encuentro entre el pecho materno y el bebé se irá produciendo un vínculo que será la base de la estructuración psíquica del niño y de sus relaciones futuras. En el aprendizaje mutuo que implica amamantar, el bebé y la madre se vinculan, reconocen y encuentran.

- Las necesidades básicas de los recién nacidos que deben ser satisfechas de inmediato por los padres o adultos responsables están relacionadas con el sostén, cariño, mirada, atención y alimentación. Resulta fundamental que el adulto pueda acompañar y sostener a los bebés para permitirles un adecuado desarrollo psico-emocional.

Es muy importante destacar que en determinados casos, la observación de este vínculo temprano por parte de un profesional permitirá la prevención, anticipación e intervención precoz ante la evidencia de un trastorno. Por ello, se destaca la importancia de este período de la vida que resulta tan sensible y fundamental para el desarrollo y la evolución del niño.

viernes, 30 de diciembre de 2011

La guerra de deseos




Si cuando hemos sido bebés, no hemos recibido el apoyo, la presencia, la mirada, la leche  y los brazos constantes de una persona maternante, es posible que hayamos aprendido muy tempranamente, que para sobrevivir había que luchar. Cuando nuestra madre nos dejaba solos durante noches enteras sumidos en el miedo y la oscuridad, era obvio que ganaba su deseo en detrimento del nuestro. Por lo tanto, comprendimos que era necesario ganar terreno e imponer de algún modo nuestra imperiosa necesidad de ser sostenidos y protegidos, a través de diversos mecanismos. Enfermarnos puede haber sido un modo eficaz. Con lo cual posiblemente nuestra madre sentía que destruíamos la poca cordura que la sostenía. Una vez que sanábamos, estaba dispuesta a volver a abandonarnos, recuperando así el terreno perdido.

Así fuimos creciendo, sabiendo por propia experiencia que había que luchar esforzadamente para obtener un lugar dentro del vínculo con nuestra madre o persona maternante. Comprendimos que dentro de ese territorio emocional había lugar sólo para uno. Que no podían convivir dos deseos.

Según nuestra personalidad, fuimos adquiriendo herramientas para echar al otro, -sea quien fuera ese otro- de ese territorio de intercambio emocional. Hicimos todo lo que fuimos capaces de hacer. Algunos de nosotros devenimos agresivos, tal vez desde pequeños mordimos o peleamos o gritamos para dejar bien en claro nuestro poder y así hemos organizado a posteriori la totalidad de nuestras relaciones hasta nuestra vida adulta. Otros nos hemos convertido en víctimas eternas, comprendiendo que podíamos tener un lugar en el mundo sólo en la medida en que otro nos lastime, nos hiera, nos humille o nos desprecie. Algunos de nosotros sólo pudimos debilitarnos para obtener amor a través de las enfermedades, cosa que seguramente hemos logrado desde niños y posiblemente hayamos aceitado ese mecanismo en nuestra adultez.  Y otros individuos, frente a la falta de cobijo y mirada, hemos intentado introducir cualquier cosa con tal de llenarnos de “madre”. Siendo niños tal vez nos hemos atiborrado de dulces y  azúcar, luego nos hemos llenado de programas de televisión o de jueguitos electrónicos, luego nos hemos llenado de comida y de actividades, y en la adolescencia hemos incorporado desesperadamente alcohol o tabaco. Así hemos llegado finalmente a la adultez, tratando de llenarnos la barriga, sin saber que en realidad no lograremos incorporar “mamá”. Pero nuestra falta emocional es tan grande, que sólo nos importa llenarnos,  y en esa desesperación, por supuesto que no hay lugar para mirar las necesidades de otros, ya que sentimos que somos los seres más necesitados del planeta. Una vez más, no hay lugar para varios dentro del intercambio emocional. Aún dentro de una relación amorosa, las necesidades personales son prioritarias. En todos los casos, hemos aprendido desde bebés, que hay que ganar para sobrevivir.

Resulta que un día devenimos madres o padres con las mejores intenciones de criar a nuestros hijos con amor y dedicación. Los niños llegan al mundo con un inmenso abanico de necesidades básicas impostergables. Y aquí  se hace evidente el problema. Es aquí donde va a aparecer la lucha por ganar el espacio emocional. Porque si somos una madre o un padre que necesita primero llenarse la barriga -en términos emocionales- no estaremos tan dispuestos a dar prioridad a las necesidades del bebé, que además son inmensas e incomprensibles.

Deseamos ser madres amorosas, pero nos sentimos invadidas por el bebé que llora, que quiere el pecho constantemente, que reclama brazos tanto de día como de noche. No estamos acostumbradas a que alguien “gane” irrumpiendo en todo el territorio, sólo porque es capaz de llorar toda la noche sin cesar. Sentimos que el bebé ocupa todo el espacio emocional y que si él lo invade, nosotras desaparecemos. Para colmo nos damos cuenta que los momentos de descanso son efímeros, y que el “tiempo para una misma” quedó en el olvido. La sensación permanente suele ser que es menester “ganarle” al deseo del niño, de lo contrario él nos va a devorar. Si provenimos de historias de carencia emocional, aunque no tengamos conciencia de ello, posiblemente sentiremos que el niño tiene demandas excesivas, y que de alguna manera habrá que ponerle límites. Creemos que esos límites que en cuanto adultos impondremos, nos salvarán y que de ese modo no “perderemos” la batalla.

Vale la pena saber que  esto no es real. Sólo es real para la vivencia de nuestra “niña interior”. Si éste es el sentimiento que nos inunda, tendremos que hacernos preguntas fundamentales y comprender cuál ha sido nuestra historia cuando fuimos bebés, para darnos cuenta con qué contamos y qué capacidad altruista podremos desplegar en la crianza de nuestros hijos. Porque posiblemente el niño no pide demasiado, sino que estamos cansadas de librar tantas batallas, sin saberlo. Y en ese caso, merecemos pedir ayuda, porque el niño tiene derecho a recibir lo que necesita, y nosotras tenemos la obligación de tomar conciencia sobre nuestras capacidades y discapacidades a la hora de maternar.


                                                                                                                    Laura Gutman



Dile que le quieres



Cerremos los ojos y recordemos lo más hermoso que nos han dicho nuestros padres: Princesa…rey de la casa…mi vida…eres un encanto…cariño…mi corazón…mi amor…mi cielo…qué guapo…qué listo…
¿Estamos sonriendo?

Tal vez algunos de nosotros no logremos traer estos recuerdos, y en su lugar aparezcan sin permiso otros: qué tonto eres…pues sólo sabes mentir…que si sigues así se lo diré a tu padre…eres malo…no te quiero… ¿acaso no comprendes?...  ¿eres sordo?...distraída como su madre…
¿Estamos compungidos?

Lo que nuestros padres -o quienes se ocuparon de criarnos- hayan dicho, se ha constituido necesariamente en lo más sólido de nuestra identidad. Porque somos los adultos quienes nombramos cómo son las cosas. Por eso lo que decimos, es.

El niño pequeño no pone en duda lo que escucha de los mayores. Puede ser doloroso o gratificante, pero en todos los casos, la interpretación de los adultos es absolutamente certera para el niño que aprende a traducir al mundo a través del cristal de los mayores.

En este sentido, la intención con la que hablamos con los niños es importante. Si los amamos de verdad, seguramente nuestras palabras estarán cargadas de sentimientos cariñosos y suaves. Pero si estamos llenos de resentimiento, destilaremos odio aún cuando los niños no tengan nada que ver.

Es verdad que hay situaciones donde el niño se equivoca o hace algo inadecuado. Pues bien. Una cosa es conversar sobre eso que “hizo” mal, y otra cosa es que ese acto lo convierta en alguien que “es” malo. Sólo nuestro rencor puede confundir entre lo uno y lo otro. Si el niño, de tanto escuchar a sus padres diciendo lo mismo, se convence de que es malo, quedará atrapado por ese circuito donde “es” en la medida que es malo, y para ser malo, tiene que seguir haciendo todo lo que haga enfadar a sus padres. En ese punto, ha perdido toda esperanza de ser amado sin condiciones.

Para el niño “eternamente malo a ojos de sus padres”, siempre aparecerá otro individuo que actuará el personaje opuesto: “el eternamente bueno”. A veces es alguien tan cercano como el propio hermano o hermana, u otra persona muy próxima a la familia. Allí, en ese personaje, -no importa qué es lo que haga- recaerá toda la admiración y será nombrado por los padres como  alguien “bueno, inteligente y listo”. Esta es la prueba fehaciente de que no se trata de lo que cada uno es o hace, sino de la necesidad de los adultos de proyectar polarizadamente, nuestros lados aceptados y nuestros lados vergonzosos en otros individuos, para no hacernos cargo de quienes somos. Y también para dividir la vida en un costado bien negro y en otro bien blanco, de modo de tener cierta sensación de claridad. Que por supuesto no es tal.

Parece que los adultos necesitamos mostrar todo lo que los niños hacen mal, cuán ineptos o torpes son, para sentirnos un poquito más inteligentes. Es una paradoja, porque al actuar de esta forma, es obvio que somos increíblemente estúpidos.

Sin embargo las cosas son más sencillas de lo que parecen. Decirles a los niños que son hermosos, amados, bienvenidos, adorados, generosos, nobles, bellos, que son la luz de nuestros ojos y la alegría de nuestro corazón; genera hijos aún más agradables, sanos, felices y bien dispuestos. Y no hay nada más placentero que convivir con niños alegres, seguros y llenos de amor. No hay ningún motivo para no prodigarles palabras repletas de colores y sueños, salvo que estemos inundados de rabia y rencor. Es posible que las palabras bonitas no aparezcan en nuestro vocabulario, porque jamás las hemos recibido en nuestra infancia. En ese caso, nos toca aprenderlas con tenacidad y voluntad. Si hacemos ese trabajo ahora, nuestros hijos -al devenir padres- no tendrán que aprender esta lección. Porque surgirán de sus entrañas con total naturalidad, las palabras más bellas y las frases más gratificantes hacia sus hijos. Y esas cadenas de palabras amorosas se perpetuarán por generaciones y generaciones, sin que nuestros nietos y bisnietos reparen en ellas, porque harán parte de su genuina manera de ser.

Parece que nuestra generación es bisagra en la evolución de la sociedad occidental. A las mujeres nos toca aprender a trabajar y lidiar con el dinero. A ser autónomas. Nos toca aprender sobre nuestra sexualidad. A re aprender a ser madres con parámetros diferentes de los de nuestras madres y abuelas. Y nos toca aprender a amar. Por eso es posible que sintamos que es un enorme desafío y además es mucho trabajo, esto de criar a los niños de un modo diferente a como hemos sido criadas. Es verdad. Es mucho trabajo. Pero se lo estamos ahorrando a nuestra descendencia. Pensemos que es una inversión a futuro con riesgo cero. De ahora en más… ¡sólo palabras de amor para nuestros hijos! Gritemos al viento que los amamos hasta el cielo. Y más alto aún. Y más y más.


Texto: Laura Gutman
Foto: Gioia Albano

martes, 27 de diciembre de 2011

Honremos a nuestros hijos...

No hay nada más sagrado que un niño pequeño.  Nada más puro, más hermoso y más frágil que un niño pequeño. Por lo tanto, no solo nos corresponde adorarlos, sino cuidarlos como un fino cristal, porque de lo contrario, se rompen para siempre.  ¿Qué hacemos frente a una joya única que nos han dado para custodiar? La envolvemos en un manto de terciopelo. Luego la adornamos con cintas de oro. Vigilamos que nadie se acerque.  Velamos que no sea manoseada. La acariciamos suavemente para que brille cada día más. La resguardamos de vientos y mareas. La protegemos de violencias humanas.  Y en el momento adecuado,  la volvemos a entregar al camino. El valor de la alhaja es incalculable y cualquier rasguño que sufra, será nuestra responsabilidad.  Solo deteniéndonos a observar la belleza infinita que emana de su luz, podemos vislumbrar  el tesoro que llevamos en nuestras manos.  Así son nuestros hijos, así de bellos, de luminosos y resplandecientes. Los niños merecen recibir desde el instante en que nacen, nuestro respeto genuino, complaciente y cotidiano. Cosa poco habitual. Quizás por eso sea ésta la más atroz contradicción de nuestra moderna sociedad: No honrar lo más bello y puro que tenemos, se convierte en una masacre colectiva. Por eso, hagamos unos minutos de silencio. Observemos a los niños. Ofrezcámosles nuestras mejores sonrisas, si no tenemos nada más para brindar. Acariciémoslos.  Respetémosles el sueño, la vigilia, el hambre, el juego, el ritmo, el contacto, la curiosidad y el derecho a la verdad. Rindámonos ante  ellos, tomando en serio cada pedido. Tratemos sus cuerpos con dulzura y dedicación. No los contaminemos con palabras furiosas. Recordemos que  en los niños vibra el alma de la excelencia.

Laura Gutman

lunes, 19 de diciembre de 2011

Educando a nuestros hijos...

Todos nosotros amamos a nuestros hijos y queremos lo mejor para ellos. Queremos escuchar nuestros corazones, nuestra intuición, y atender las necesidades de nuestros hijos. A veces, nuestra propia infancia puede representar una dificultad para nosotros. Hasta los padres más amorosos responden a veces a sus hijos en un tono que podrá ser de todo, menos amoroso y amable. Esto suele venir de heridas del pasado que el niño abre de nuevo. ¿Cómo podemos aprender a cuidar de nuestros hijos de forma amorosa, sin la interferencia de nuestros propios recuerdos dolorosos del pasado?

La crianza natural es el camino más corto para conocer las necesidades de un niño, y confiar y responder a sus necesidades es la mejor manera de evitar que nuestras propias preocupaciones interfieran en su cuidado. Pero aún y así, a veces no acertamos. Es relativamente fácil confiar en un bebé: darle el pecho, cambiarle el pañal, mecerlo, dormirlo. Pero cuando el pequeño empieza a adquirir independencia física, las cosas pueden seguir fluyendo con la misma facilidad, o pueden tomar una dirección de nos desconcierta, y es posible que ya no sepamos qué permitir y qué restringir. Los niños pequeños necesitan nuestro liderazgo. Necesitan una guía clara y amable, junto con nuestro apoyo y nuestro “voto de confianza”. La belleza del liderazgo es que la mejor manera de dirigir, en realidad, es seguir al otro.

Las expectativas de los padres pueden ser el mayor obstáculo para el desarrollo del niño y una de las principales causas de dificultades. Los niños hacen absolutamente todo lo que pueden para aprender, para imitar nuestro ejemplo, y para agradarnos. Nosotros podemos confiar en ellos y guiarlos basándonos en su etapa de desarrollo. Tienen un gran reto por delante: convertirse en adultos. Tienen prisa y van todo lo rápido que pueden. Indicarle a un niño que tiene que crecer aún más rápido solo puede conducir a experiencias de fracaso y rebajar su autoestima.

La causa más frecuente de dificultades son ciertas prácticas comunes en muchas familias: castigos, amenazas, privaciones, tiempo fuera, sobornos, insultos, gritos, regañinas, inducir sentimientos de culpa, y otras formas de control sobre los niños. Lo mejor que podemos hacer como padres para garantizar que nuestros hijos van a crecer y convertirse en adultos compasivos, comunicativos, responsables, afectuosos y considerados es tratarlos con esas mismas cualidades, y confiar en ellos para adaptar nuestro comportamiento a su propio ritmo.

Amamantar a demanda, llevar en brazos, responder al llanto o colechar son solo una parte de la crianza natural. Un niño hablará en un tono amable si escucha que sus padres le hablan con amabilidad, a él y a los demás. Es probable que sea cuidadoso con las cosas si ha observado cómo los demás son cuidadosos con su entorno. Aprenderá a compartir si comparten con él, y si se le respeta cuando no está preparado para compartir. Aprenderá a decir “gracias” cuando reciba y observe expresiones de gratitud. La única forma de saber cuándo cabe esperar el desarrollo de ciertos comportamientos es observar al niño. Mientras tanto, los padres pueden guiarlo, no mediante el control o las órdenes, sino mediante el ejemplo y una orientación clara y amable.

Declaración de total confianza en los niños


1. El comportamiento propio de los adultos madura en el momento en que somos adultos.
2. No tener expectativas significa no sufrir decepciones y no ejercer una presión perjudicial sobre el niño.
3. Los niños responden mejor al modelo y el liderazgo, no al control.
4. Confía… y espera.
5. Elige entre tu conveniencia momentánea y tus objetivos a largo plazo sobre el modo en que tu hijo se verá a sí mismo.
6. Disfruta de tu hijo por lo que es, no por lo que te gustaría que fuera: nunca va a volver a tener esta edad.
7. Distingue entre tus necesidades emocionales y los sentimientos y necesidades de tu hijo. Actúa hacia tu hijo en armonía con sus necesidades; preocúpate de tus necesidades emocionales en otra parte.
8. Celebra que tu hijo es un ser único, igual que lo eres tú.

¿Que no es la crianza con apego?

Según el Dr. William Sears, la crianza con apego no es un estilo ni moda, es la forma de criar natural de todos nosotros sin libros, parientes y “metodologías” de por medio. Es saber criar con el instinto, el cual nos dice que tenemos que estar para nuestros hijos. Que son bebes que necesitan determinadas cosas y nosotros estamos para resolvérselas porque por el momento ellos no pueden solos.
La crianza con apego no es decir siempre SI. Responder adecuadamente a las necesidades de los niños es saber cuando decir si y cuando no. Los bebes no nos manipulan, no tienen noción de lo que esta bien y esta mal, solo piden lo que necesitan. Pero muchas veces queremos darle todo, y con todo me refiero a muchas cosas que nosotros queremos pero ellos no necesitan.
La crianza con apego es criar equilibradamente. Ni indulgente ni permisivo. Ser atento, pero no complaciente. Por ejemplo, no respondemos con la misma urgencia un llanto de un bebe de 7 meses que el de un bebe de 7 días. A medida que crecen nos vamos dando cuenta de sus llantos pero también ellos van conociendo nuestras caras, como respondemos con seguridad y las cosas que les decimos.
Ser posesivos u obsesivos tampoco es sano, porque les estamos demostrando a nuestros hijos que tienen que depender de nosotros y les impide desarrollarse como seres independientes.
Es mas fácil decirle que no a mi hijo cuando quiere muchas de cosas, porque se que le he dado todo de mi en los momentos que me necesitó.
La crianza con apego no es ser permisivos y ni controladores. Es darles forma.
La crianza con apego no tiene que ser sacrificada. Una mama que cría con apego no es una mártir. Las mamas también necesitan descanso, por eso es importante compartir la crianza con los papas (en su defecto con otra persona).
Pero, criando con apego, las mamas se sienten conectadas con sus bebes. En vez de sentirse mejor cuando están separadas, quieren estar en contacto todo el tiempo. Porque hacen lo que les dicta el instinto. Tu forma de vida cambia y no te sentís ATADA a tu hijo. Estas conectada, apegada.
La crianza con apego no es dura: al principio puede sonar muy demandante, porque hay mucho para dar. Pero esto es en todos los aspectos, se críe con apego o no. Los bebes no son pasivos, devuelven también. (Salvo que se acostumbren a serlo porque sus demandas no son respondidas)
La crianza con apego puede sonar difícil, pero en realidad es la forma más fácil de criar a los hijos. Lo que es difícil, es no saber lo que tu hijo quiere, o sentirte desbordada. Si sientes que estas conectada con tu bebe, es mas fácil cubrirle las necesidades.
La crianza con apego no es rígida. Al contrario, las opciones son muy flexibles. Los padres saben lo que sus hijos necesitan. Se ponen en su lugar, y toman decisiones sintiéndose niños, o como les gustaría que los trataran.
La crianza con apego no es “malcriar” a los hijos. Las preguntas de siempre, si lo alzo demasiado ¿lo estaré malcriando? Si duerme con nosotros, ¿Será un niño dependiente y manipulador? NO. La experiencia de padres con hijos grandes y estudios ha demostrado lo contrario. El apego fomenta la independencia. ( por mas que suene ilogico). Significa responder apropiadamente a las necesidades de sus hijos. Malcriar significa no responder.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Puede haber algo más lindo?



“El bebé se malacostumbra si no lo coges en brazos".
 Malacostumbrarse es “acostumbrarse a una cosa mala”. 
Que llores y que nadie te coja es una cosa mala. 
Yo no quiero que mi hijo se acostumbre a vivir eso, yo quiero que mi hijo se acostumbre a que cuando necesita brazos, sus padres le cogen en brazos. 
Se trata de RESPONDER A LAS NECESIDADES DEL NIÑO y no imponer las nuestras (…) 
Con cada edad los niños necesitan cosas diferentes. A los 6 años ya no te pedirán brazos pero de pequeños sí, y si cuando te pedía brazos o que le hicieses caso, no lo hacías y le dejabas llorar, eso se ha perdido él y eso te has perdido tu como padre”

Carlos González

sábado, 17 de diciembre de 2011

Dios nos creó perfectas...

El cuerpo de la mujer es perfecto y sus funciones fueron de ingeniería divina que permite una sincronia también perfecta con el bebé. 
¿Cómo funcionan los senos? 
En los primeros cinco días el bebé consume calostro, que es la primera leche que ofrecen los senos y tiene la mayor carga nutritiva e inmunológica. Luego su consistencia cambia. Notaras que los primeros chorros son casi del mismo color del agua de la avena. Esa es la leche "anterior". Muchos creen que por esa consistencia esa leche no llena. Eso es un error. Resulta que esa leche que parece aguadita es la que necesita tu bebé para refrescarse. Gracias a está leche es que tu bebé no necesita tomar agua.
 Luego, a medida que el bebé succiona, se activa la producción de prolactina y se rompen los contenedores de leche dentro del seno, por lo que la consistencia es mayor y el color es más blanco. Está leche tiene el contenido nutricional para el bebé. Lo último que sale es la grasa, lo que le va a dar la sensación de llenura, por está razón es tan importante que el bebé tome del pecho hasta vacíarlo.
Los senos no están hechos para almacenar sino para producir, por lo que mientras tu bebé está pegado a la teta, los senos mandan al cerebro la señal para que libere la prolactina y la oxitocina que son las hormonas de la lactancia. Al sacar esa grasa del primer seno, se pasa al bebé al otro seno y se le deja mamar hasta que el mismo suelte el seno...

jueves, 30 de octubre de 2008

La escucha emocional



La dirección que debemos tomar madres y padres en la crianza y educación de nuestros hij@s (utilizo la palabra educación, aunque me gusta mucho más hablar de “acompañar a nuestros hij@s”), no debe perder nunca de vista el que debe ser nuestro principal objetivo: “Amar a nuestros hij@s y que ellos lo sientan así”.
Pero una cosa son las palabras y otra los hechos.

¿Porqué es difícil llevar a la práctica este precepto de “amar a nuestros hijos y que ellos lo sientan así”? Básicamente, yo diría, porque amar a nuestros hijos, no es una cuestión de azar, algo con lo que uno tropieza si tiene suerte. Amar a nuestros hijos, igual que amar a otras personas o el amor en general, es un arte. Y todo arte necesita de intención, conocimiento y esfuerzo. Además ya iniciamos el aprendizaje de este arte en nuestra infancia, de nuestros padres. Un aprendizaje no consciente y que seguramente tiene cosas positivas, pero también, seguramente, cosas no tan positivas, que hay que reconocer y reconducir.

En lo más profundo de nuestro ser tenemos adherido, oculto, nuestro Patrón familiar. Patrón familiar que de forma automática nos hace repetir algunas conductas con nuestros hij@s, que no son fruto de nuestra intuición, de nuestra sabiduría interior, de nuestro instinto amoroso. Siempre tenemos la facultad de tomar conciencia de él, romperlo y liberar nuestros propios sentimientos.

Por último en los adultos prevalece la percepción racional, que para muchas cosas es valiosísima, pero cuando se trata del afecto, de los sentimientos, de las emociones, del amor, es más un obstáculo que una ayuda. Hemos de ser capaces de “elevarnos”, por encima de esa racionalidad, hasta la percepción emocional que prevalece en bebés y niñ@s. Lo que yo intento aportar es una perspectiva del arte de amar a nuestros hijos desde lo que ellos sienten y necesitan a nivel afectivo.

Para que un bebé o un niño se sientan amados necesitamos conocer cuales son sus necesidades afectivas y satisfacerlas. Esto requiere por nuestra parte estar muy atentos a lo que nos muestran nuestros hij@s, especialmente a través de sus expresiones y de su conducta. Cuando el bebé aún no habla su forma más directa de expresar sus necesidades es a través del llanto. Olvidemos esas absurdas ideas que dicen que un bebé llora “para fastidiar”, “por hábito”, “porque nos toma el pelo” y otras como que “si lo coges tanto lo vas a mal acostumbrar”, “déjalo que llore, es bueno para los pulmones”, o lo que es más patético: “Míralo, llora para que lo cojas, no saben nada. Ya se cansará”. ¡Pues claro que llora para que lo cojas! Lo está pidiendo a lágrima viva. ¿Por qué negarle esa necesidad de nuestra atención y afectividad? No olvidemos nunca que:

Siempre que un bebé llora, expresa una necesidad –física o emocional- que hay que satisfacer sin dilación.

Si estas necesidades emocionales que expresa el bebé no son satisfechas, algo se rompe en su interior. Se siente inseguro, desatendido,

Cuando el niño empieza a hablar, está aún muy lejos de poder expresar en palabras sus emociones. Emociones que él ni siquiera comprende en muchas ocasiones. Simplemente le estallan en su interior y las expresa con diferentes conductas. No olvidemos nunca que:

Siempre que un niño mantiene conductas, puntual o reiteradamente exageradas, hay una emoción detrás que hay que descubrir, acompañar y enseñarle a gestionar.

Hemos de ser muy empáticos con nuestros hij@s. Situarnos en su “piel”. Los bebés y niños, con su percepción emocional y subjetiva (interiorizada), todo lo procesan a través de los que sienten. Todo lo convierten en sentimientos, en emociones. Por lo tanto, también todas sus conductas y actitudes son expresión de sus sentimientos y emociones. Los adultos, con nuestra percepción racional, tendemos a “interpretar” esas conductas desde la lógica, la razón, el juicio y la causa-efecto. Situaciones como el negarse a comer, las rabietas, la agresividad, la desobediencia, el fracaso escolar, etc., se convierten en “mal comportamiento”, en algo que está en manos de ellos cambiar.

Y no es así. Estas situaciones esconden detrás emociones que hemos de descubrir, aceptar y mostrarles, con nuestra actitud, cómo darles una salida adecuada.

La “Escucha Emocional” es la herramienta más útil y efectiva para tratar los conflictos emocionales de los niños. Al niño sus emociones le “estallan” en su interior. Aún no saben comprenderlas, controlarlas y gestionarlas. Es indispensable que madres y padres permitamos sus expresiones emocionales, las acompañemos y les mostremos cómo afrontarlas. No podemos ignorarlas, ni negativizarlas (“no hay para tanto”, “ya se te pasará”, “bueno, no te preocupes vamos a jugar”, “te pones insoportable”, “deja de llorar, no te va a servir de nada”, etc.), y mucho menos castigarlos (“vete sólo a tú cuarto hasta que se te pase”, “si no dejas de estar enfadado no iremos al parque”, etc.), y jamás pegarles (ni siquiera bajo la absurda idea de que “una torta de vez en cuando les va bien”).

Toda emoción tiene un significado, una intención. Las descargas emocionales permiten al niño expresar lo que siente, liberarse de las consecuencias de experiencias dolorosas, hacernos llegar sus necesidades. Expresar emociones es curativo. Lo que los niños no saben aún es gestionarlas y menos aún prever sus consecuencias en los demás.

La represión de las emociones, el no acompañarlas o el no mostrarles cómo afrontarlas, es nocivo. Arrastra al niño a toda clase de procesos defensivos, de repeticiones dolorosas, de compulsiones y de síntomas físicos. Provoca en el niño incertidumbre; sentimientos de incomprensión, de separación; de no sentirse valorado; de ser “malo” y por lo tanto rechazado; en pocas palabras: no se siente amado.

Para la práctica de la Escucha Emocional hemos de hacer un gran esfuerzo. Sobre todo porque, seguramente, no la practicaron con nosotros cuando éramos niños. No tenemos referencias de cómo llevarla a cabo. Más bien al contrario.

En la educación tradicional es común el uso de la autoridad, del poder de los adultos sobre los niños. Tenemos profundamente arraigadas ideas en este sentido: “Los niños han de obedecer sin rechistar”, “Han de adaptarse siempre a los horarios y ritmos de los adultos”, “Hay que ponerles normas y no permitir nunca que se las salten”, “El adulto siempre manda sobre el niño”, “Tiene que comer lo que se le pone en la mesa”, “Ha de dejar los pañales porque ya es mayor”, “Nunca deben dormir en la cama de los padres”, “No es conveniente la lactancia más allá de los seis meses”, “El castigo es bueno para su educación”, “Una torta de vez en cuando también lo es”, “Los niños son unos caprichosos”, etc.

Hay quién confunde el no usar la autoridad con “dejarles hacer lo que les de la gana” y eso demuestra que no entienden nada de lo que supone la Escucha Emocional. La represión emocional se puede practicar por activa o por pasiva. Por activa a través de la autoridad. Por pasiva a través de la permisividad. Es tan erróneo usar “el mando y ordeno” como el “no pasa nada”. Las dos actitudes no utilizan la Escucha Emocional, que implica indagar en los sentimientos del niño.

Delante de conductas o comportamientos intensos de los niños, podemos hacernos siempre tres preguntas, que nos ayudarán a la práctica de la Escucha Emocional y a resolver los conflictos que se nos presenten:

1- ¿Qué siente?

2- ¿Qué nos quiere decir?

3- ¿Qué quiero transmitirle?



1- QUE SIENTE?
Siente lo que él siente. Percibe sus sentimientos. No escucharles o banalizar lo que nos dicen encierran al niñ@ en su interior. Hemos de esforzarnos en participar de sus sentimientos. El niñ@ tiene que aprender a reconocer sus emociones, en muchas ocasiones incomprensibles para él, que le inquietan y le alteran. Tampoco sabe aún definirlas, expresarlas adecuadamente. Espera de nosotros el reconocimiento de lo que siente. Escucha siempre sus emociones con prioridad y tómatelas en serio. No le preguntes “porqué” llora. Intentará darte una explicación racional, a veces alejada de su dificultad. Es mejor que le acompañes en lo que experimenta y le preguntes: “¿Qué pasa?” o “¿Qué te pone tan triste?”, o incluso “¿De qué tienes miedo”?

2- ¿Qué nos quiere decir?
Cuando los niños crecen, a partir de los dos años van adquiriendo capacidad de expresión a través del lenguaje, pero aún están muy lejos de poder utilizar las palabras para explicar sus sentimientos. Debemos “leerlos” detrás de sus comportamientos y actitudes. Toda expresión emocional tiene un significado, una intención. Si un niño coge una rabieta, su cólera será el síntoma de alguna emoción que le altera. A lo mejor le angustia ir al “cole”, a lo mejor se ha peleado con otro niño o le han reñido, a lo mejor está muy cansado, a lo mejor echa de menos a su papá, a lo mejor siente celos de su hermanito, a lo mejor… Para él, nuestras reacciones tienen más significado que nuestras palabras. Escuchar, acoger y otorgar validez a los sentimientos de nuestros hijos significa ayudarles a construirse como personas, como individuos emocionalmente equilibrados. Les otorgamos seguridad y autoestima, sólidos cimientos para afrontar sus nuevas experiencias, desarrollarse en armonía y ser felices.

3- ¿Qué quiero transmitirle?
Nuestras reacciones frente a las reacciones de nuestros niños condicionarán sus creencias en sí mismos. Dejar expresar sus emociones y escucharlas. Pero también enseñarles a gestionarlas. Nuestra reacción es su ejemplo. Nuestra forma de actuar será la suya. Nuestros hijos nos escuchan y nos observan. Cada uno de nuestros actos, no sólo hacia él, sino hacia toda persona y situación, le envía un mensaje.

Con frecuencia reaccionamos de forma automática, y haríamos bien en preguntarnos más a menudo lo siguiente: “¿Porqué? ¿Qué me impulsa a decir sí o no a las demandas de mis hijos? ¿Qué es lo que dicta mi actitud?

Un temor frecuente de los padres cuando escuchan una demanda original de su hij@ es que ésta se convierta en un “capricho”. Los caprichos son inventos de los padres. Surgen cuando los padres se embrollan en los juegos de poder. Los juegos de poder los comienzan los padres y no los hij@s. La prueba es que a veces se dice que un bebé puede llegar a dominarte si te dejas someter por él. En realidad el niñ@ depende totalmente de ti y, como es obvio, no tiene capacidad mental para someterte.

¿Tus comportamientos los dictan tu educación, los automatismos cuyo origen desconoces, la evidencia? ¿O la razón? En este caso entiendo por razón no los prejuicios de tus padres o de tu médico de familia, sino tu razonamiento en base a informaciones fiables.

Los bebés y los niñ@s son semillas que contienen todos los ingredietes necesarios para desarrollarse en armonía y ser felices.

Somos los adultos los especialistas en impedirlo.


Texto: Enrique Blay, Psicólogo del Desarrollo - Terapeuta Psico-emocional


Ilustración: Valeria Docampo

domingo, 24 de agosto de 2008

Cuando estemos menos ocupados, ellos estarán demasiado grandes...

EN BRAZOS: la importancia del contacto físico y del apego

Biberones, chupetes, cochecitos, cómodos sillones regulables, adaptadores para el auto y la
bicicleta, cunas transportables, desarmables, sofisticados accesorios con sonidos, colores,
formas...sin duda alguna la industria ha diseñado todo tipo de implementos para transportar,
alimentar, dormir, entretener y estimular a nuestros bebés.
En unas pocas décadas se nos han vuelto necesarios, imprescindibles. Se han ligado
indisolublemente a la imagen del bebé sano y feliz. De algún extraño modo hemos
conseguido que hoy, un bebé que no usa chupete, que toma el pecho o va en brazos de su
madre sea la excepción y no la norma. Es tan inusual, que quienes optan por una crianza
con apego y con respeto por las necesidades de los bebés, se ven amenazados por toda clase
de teorías y condenas que aseguran que su hijo no está sano y que, de no intervenir a
tiempo, las consecuencias serán muy graves.

Brazos, ¿hasta cuándo?

La mayoría de los bebés comienzan a andar alrededor de los 12 meses de vida. Dan unos
pocos pasitos y la familia contenta celebra que “ya camina”.
Sin embargo, pasarán aún un largo par de años hasta que este niño que hoy a tientas logra
mantenerse unos segundos en pie, pueda caminar sin perder el equilibrio, correr, sostenerse
en un solo pie, retroceder, detenerse de pronto. De modo que caminar, lo que se dice
caminar, es algo que se aprende completamente pasados los 3 años de vida. A pesar de esto,
todos sabemos que aún luego de esa edad, los niños se cansan con gran facilidad y piden
brazos.
O sea que desde el aspecto físico, los niños necesitan ser cargados en brazos por lo menos
para trasladarse de un lado hacia otro hasta que estén en condiciones plenas de hacerlos por
sí mismos.
En la práctica, nuestros hijos piden brazos por muchos otros motivos además del que
acabamos de mencionar: al estar cansados, con sueño, cuando se lastiman, se asustan, se
intimidan, se cansan de mirar el mundo a la altura de rodillas y patas de las mesas, e incluso
por motivos que sólo ellos conocen.
En estos casos, nunca falta una tía (con las mejores intenciones, claro), una suegra, una
vecina o incluso una perfecta desconocida, que se siente en el deber de alertarnos: “lo vas a
malcriar”.
Esta sentencia abre varias cuestiones que podemos analizar.
La primera de ellas es la creencia de que estar en brazos es algo que no debe ocurrir, y
desde luego NUNCA en una “buena” crianza. Es algo malo, que se hace para darles el
gusto a los hijos, y parece imposible que para los papás resulte placentero o lo disfruten.
Otra cuestión interesante es la idea de que si le das algo a tu hijo que le gusta, luego nunca
dejará de pedirlo. Parecería que los bebés fueran adictos en potencia, que una vez que
satisfacen sus necesidades con algo, no podrán dejar de pedir más. Personalmente, no he
visto niños con problemas para dejar el cochecito o la sillita del auto cuando están maduros
para ello. Y tampoco niños de 10 años pidiendo ser alzados en brazos. En algún momento
de la evolución, simplemente dejan de pedir lo que ya no necesitan.
Las edades que tomamos como referencia para el desarrollo de nuestros hijos, están puestas
de un modo arbitrario y no coinciden con la realidad por mucho que intentemos forzarlos.
Otro mensaje que se desliza en estas sentencias es que el niño no necesita estar en brazos,
lo pide sólo para molestar, o por capricho, o porque nos “tomó el tiempo”.
Evolutivamente, un niño de tan corta edad, no tiene capacidad de elucubrar un plan tan
especulativo, ni puede aprender el concepto de tomar ventaja, de aprovecharse de los
demás.
Las cosas para ellos son más simples: me siento cansado, triste, inseguro, y busco refugio
en el lugar que me da más tranquilidad, junto al corazoncito de mamá, entre sus brazos,
acurrucado. La intención es clara y sencilla: pido aquello que necesito.
Un aspecto fuerte dentro de quienes desaprueban el contacto estrecho con los bebés o la
satisfacción de sus necesidades, es el fantasma de la dependencia que le generará al bebé
estar en brazos, tomar teta, compartir la cama con sus papás, etc. Veamos un poco de dónde
surge esta idea.

El apego

Esta dependencia de la que venimos hablando, tiene un nombre en la literatura
psicoanalítica, se llama apego.
El apego es la capacidad de formar y mantener relaciones. Como el ser humano vive en
comunidades y es interdependiente de los otros seres humanos, es importante que aprenda
desde pequeño a establecer lazos con los otros, y para preservar la especie, éstos deben ser
estrechos y estables.
Estos lazos otorgan bienestar, seguridad, consuelo, placer…
Y la amenaza de pérdida del objeto al cual nos hallamos apegados, provoca ansiedad,
angustia, temor.
La primera relación de apego que desarrollamos luego de nacer, es aquella que se da con
nuestra madre. En el momento del parto, mamá y bebé segregan hormonas –opiáceos- que
les facilitan –en condiciones de intimidad y contacto físico- este sentimiento de
dependencia mutua, de fusión que ambos necesitan.
En condiciones naturales, una mamá que acaba de parir, abrazará a su bebé, ambos se
mirarán a los ojos, emitirán sonidos, ella comenzará a acariciarlo suavemente, primero por
las extremidades, y luego de a poco se estrecharán e intentarán mantener este contacto piel
con piel durante todo el tiempo que les sea posible. La madre no puede dejar de mirar a su
bebé con los ojos bien abiertos, le hablará con un tono de voz agudo pero de baja
intensidad, con una gran sonrisa, y en pocos instantes este bebé estará listo para reconocer
el olor de su madre de entre muchos otros olores, para diferenciar su voz, y se calmará
mucho más rápidamente si es acunado por ella y no por otra persona.
Durante estas dos primeras horas de vida, el bebé estará en un estado de alerta máximo que
no volverá a repetirse hasta que hayan pasado algunos meses. Será incluso capaz de imitar
expresiones del rostro de una persona que establezca un contacto visual directo con él a una
distancia desde donde pueda verlo. Todo está preparado hormonalmente para que esta
mamá y este bebé se enamoren el uno del otro, y desarrollen una fuerte dependencia mutua.
Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, estas primeras horas son utilizadas para
realizar los primeros controles del recién nacido, a cargo de extraños, rodeados de
estímulos luminosos, sonoros, y también dolorosos e invasivos. Todos ellos evitables o por
lo menos, postergables.
Naturalmente, tanto si se produjo esta separación como si no, mamá y bebé querrán estar
juntos, reencontrarse, reconocerse, estrecharse y mantenerse muy cerca el uno del otro.
Ese bebé que hasta hace unas horas era parte del cuerpo de otra persona, cuyo cuerpo
estaba en contacto con un líquido tibio, con sonidos y movimientos, se encuentra perdido
en una cuna, lejos de todo lo conocido y por ello llorará intentando recuperar aquellas
sensaciones reconfortantes.
Esta relación primera, será el modelo sobre el cual se edificarán todas las posteriores
relaciones del niño. Si cada vez que necesitó consuelo lo obtuvo, si cada vez que necesitó a
su madre la encontró, si sus necesidades de afecto y cobijo fueron atendidas, será un
modelo que quedará incorporado como reasegurador, confiable, y cuando llegue el
momento de comenzar a independizarse, siempre le resultará mucho más fácil si sabe que
ante cualquier ansiedad o angustia, mamá estuvo allí.

La cultura del desapego

El apego y el desapego son pautas culturales. En aquellas culturas que funcionan
comunitariamente, se necesita criar a los niños de modo que sean solidarios, capaces de
compartir, generosos, para que puedan priorizar el bien común del grupo.
En culturas como la nuestra, se necesita que los niños sean independientes, y que aprendan
a autoabastecerse, porque al llegar a adultos, importará la competitividad, el
individualismo, el éxito personal y el poder.
Por eso se necesita comenzar desde temprano. Separar a los bebés de sus madres
precozmente, que aprendan rápidamente a sostener su biberón para que quienes lo cuidan
no tengan que estar tan atentos; que se adapten a las canguro o a las guarderías sin llorar;
que duerman solos toda la noche; que jueguen sin compañía; que dejen rápido los pañales;
que se queden a dormir en casas de parientes o amigos, etc.
Desde luego que estos requerimientos están pensados desde un mundo adulto que necesita
rápidamente volver a la “normalidad”, hacer de cuenta que “aquí no ha pasado nada”, y
amoldar a este bebé al ritmo de vida que tenía la casa antes de su llegada.
Si pudiéramos relatar en primera persona un día en la vida de un bebé, teniendo en cuenta
que sus necesidades básicas incluyen brazos gran parte del día, teta a demanda y presencia
materna constante, comprobaríamos sorprendentemente que la mayor parte del tiempo,
estas personitas de escasas semanas de vida-o incluso días-, postergan o renuncian a sus
necesidades para hacernos el favor de permitirnos continuar con nuestra vida adulta:
duermen solos en su cunita una o dos horas, se quedan en la guardería, aceptan un trozo de
silicona –sin duda una mala imitación del pezón de mamá- para succionar, y nos esperan
durante horas mientras hacemos nuestros quehaceres, o cumplimos con nuestra jornada
laboral.
Algunas mujeres sienten una gran preocupación por retomar su vida social, su silueta, sus
actividades recreativas, su vida amorosa, y para esto es necesario que el bebé se esté
quietecito, que duerma mucho, que no llore, que juegue solito y que se relacione con
cualquier persona que esté dispuesta a quedarse a su lado.
Esto es lo que se espera de un bebé casi desde las primeras semanas de vida.
Si entendemos esto como “criar”, por supuesto que cargar al bebé en brazos, amamantarlo,
dormir en la misma cama con él y satisfacer sus necesidades, será “malcriarlo”. Porque una
vez que se ha dormido plácidamente en los brazos de mamá, y se ha abierto un ojo entre
sueños y ella sigue estando allí, y al abrir la boca se encontró con su pecho dispuesto a
cobijarlo y así se ha pasado todo el día, es lógico, comprensible y hasta esperable, que
ningún bebé quiera conformarse con menos!!!
Los adultos también necesitamos abrazos. Nos demostramos el afecto con caricias, con
besos, con miradas, con palabras cariñosas. Nunca dejamos de necesitar este tipo de
comunicación.

Cómo crear vínculo

Poner al bebé al pecho, acunarlo, amamantarlo, acariciarlo, hablarle suavemente, sonreírle,
cuidarlo, protegerlo, son actitudes que promueven la experiencia del vínculo.
Los investigadores de estas temáticas, consideran que el factor más importante en la
constitución del apego es el contacto físico positivo -expresado por las actitudes
mencionadas anteriormente- ya que éste causa respuestas neuroquímicas en el cerebro que
permiten que los sistemas cerebrales responsables del apego se desarrollen normalmente.
Durante los tres primeros años de vida el cerebro alcanza el 90% del tamaño adulto y
coloca en su lugar la mayor parte de los sistemas y estructuras que serán responsables del
funcionamiento emocional, conductual, social y fisiológico para el resto de la vida. Por eso
las experiencias de vinculación repetitivas durante la infancia proveen una base sólida para
futuras relaciones saludables.
Por el contrario, la inconsistencia del vínculo emocional o la falta de satisfacción de estas
necesidades básicas de sostén, afecto y reconocimiento, generan conductas de ansiedad y
desconfianza de los bebés hacia sus cuidadores. Los bebés pueden reaccionar a esta
situación de múltiples maneras, que influirán ciertamente en la consolidación de un modelo
de vinculación que luego harán extensivo al resto de sus relaciones.
Que los niños se queden quietecitos en la cuna, que duerman toda la noche, que se valgan
por sí mismos, son conductas que fomentamos para comodidad de los adultos, pero no son
evolutivamente normales para niños pequeños. Si nuestros hijos pasan largas horas en
compañía de extraños, ensayan intentos de enfrentar el mundo lejos de los brazos de mamá,
hacen lo posible por dormirse en su cunita, están haciendo el máximo esfuerzo para
acomodarse a un mundo adulto que dispone de pocos instantes para conectar con ellos. Son
ellos quienes, a pesar de su pequeñez y su inmadurez, están sosteniendo nuestras
necesidades, y aceptan sin rencores que en nombre de las buenas costumbres, les tildemos
de caprichosos y malcriados.

CUANDO NOSOTROS ESTEMOS MENOS OCUPADOS, ELLOS ESTARÁN
DEMASIADO GRANDES...