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viernes, 30 de diciembre de 2011

Los niños como enemigos




Somos grandes, por lo tanto podemos hacer lo que queramos. ¿Dejar que el niño se calme solo y se duerma? Es posible ¿Permitir que llore cerrando la puerta para no escucharlo? Es posible. ¿Abandonarlo solo en su cuarto y no enterarnos de lo que le sucede? Es posible. Podemos hacer algo más: creer y auto-convencernos de que el hecho que un niño se duerma solo es un “logro”. Obviamente que todo esto lo podemos hacer, incluso sintiendo que “hemos ganado una batalla” contra el capricho del niño que tiene que aprender a no molestar.

Pero la realidad es un poco más compleja. Porque lo único que aprende un niño que está solo, es que el mundo es hostil, peligroso, árido y que viene cargado de dolor. No hay ningún logro cuando el niño efectivamente se duerme. Al contrario, el pequeño conoce en esa instancia el dolor de la resignación, al constatar que aunque llore, grite, o se desespere, nadie va a acudir en su ayuda y que le conviene detener su llanto para sobrevivir. Aprenderá que no vale la pena pedir ayuda, sabrá que no cuenta con nadie, aunque sólo tenga pocos días de vida.

Es preciso comprender que la necesidad básica de todo niño humano de estar en contacto corporal y emocional permanente con otro ser humano, la necesidad de calor, cobijo, ritmo, movimiento, cercanía y mirada; no desaparece al no obtenerla. El niño simplemente sabe por experiencia que el llanto no le procurará una solución, y que hasta el momento el llanto sólo le devolvió soledad, oscuridad y quietud. Entonces, con cuidadosa inteligencia, el niño desplaza su necesidad, hacia una manifestación “escuchable” para el adulto. Generalmente se enferma.

Los adultos somos tan necios, que no reconocemos en la enfermedad, la necesidad desplazada del niño. Creemos que se enfermó, y que esto no tiene nada que ver con “el logro del buen dormir” o más precisamente, con la soledad y el sufrimiento que soporta.

Ahora bien, si cada uno de nosotros tuviésemos la valentía de recordar y sentir el dolor sufrido a causa de los métodos de crianza y educación que hemos vivenciado, y si pudiésemos posar las manos sobre el corazón y recordar  las vejaciones, humillaciones y desamparos que hemos sufrido siendo niños, comprenderemos que todo esto se trata de una guerra emocional. Aceptemos que ahora somos grandes y estamos en condiciones de vengarnos. Ahora vomitamos la impaciencia, la incomprensión, la desdicha y el odio del que fuimos víctimas. Ahora pretendemos salvarnos y dormir en paz. Como si dormir una noche entera fuese tan importante para un adulto, frente a la inmensidad de la noche desde el punto de vista de un recién nacido.

                                                                       
                                                                                                           Laura Gutman

Dile que le quieres



Cerremos los ojos y recordemos lo más hermoso que nos han dicho nuestros padres: Princesa…rey de la casa…mi vida…eres un encanto…cariño…mi corazón…mi amor…mi cielo…qué guapo…qué listo…
¿Estamos sonriendo?

Tal vez algunos de nosotros no logremos traer estos recuerdos, y en su lugar aparezcan sin permiso otros: qué tonto eres…pues sólo sabes mentir…que si sigues así se lo diré a tu padre…eres malo…no te quiero… ¿acaso no comprendes?...  ¿eres sordo?...distraída como su madre…
¿Estamos compungidos?

Lo que nuestros padres -o quienes se ocuparon de criarnos- hayan dicho, se ha constituido necesariamente en lo más sólido de nuestra identidad. Porque somos los adultos quienes nombramos cómo son las cosas. Por eso lo que decimos, es.

El niño pequeño no pone en duda lo que escucha de los mayores. Puede ser doloroso o gratificante, pero en todos los casos, la interpretación de los adultos es absolutamente certera para el niño que aprende a traducir al mundo a través del cristal de los mayores.

En este sentido, la intención con la que hablamos con los niños es importante. Si los amamos de verdad, seguramente nuestras palabras estarán cargadas de sentimientos cariñosos y suaves. Pero si estamos llenos de resentimiento, destilaremos odio aún cuando los niños no tengan nada que ver.

Es verdad que hay situaciones donde el niño se equivoca o hace algo inadecuado. Pues bien. Una cosa es conversar sobre eso que “hizo” mal, y otra cosa es que ese acto lo convierta en alguien que “es” malo. Sólo nuestro rencor puede confundir entre lo uno y lo otro. Si el niño, de tanto escuchar a sus padres diciendo lo mismo, se convence de que es malo, quedará atrapado por ese circuito donde “es” en la medida que es malo, y para ser malo, tiene que seguir haciendo todo lo que haga enfadar a sus padres. En ese punto, ha perdido toda esperanza de ser amado sin condiciones.

Para el niño “eternamente malo a ojos de sus padres”, siempre aparecerá otro individuo que actuará el personaje opuesto: “el eternamente bueno”. A veces es alguien tan cercano como el propio hermano o hermana, u otra persona muy próxima a la familia. Allí, en ese personaje, -no importa qué es lo que haga- recaerá toda la admiración y será nombrado por los padres como  alguien “bueno, inteligente y listo”. Esta es la prueba fehaciente de que no se trata de lo que cada uno es o hace, sino de la necesidad de los adultos de proyectar polarizadamente, nuestros lados aceptados y nuestros lados vergonzosos en otros individuos, para no hacernos cargo de quienes somos. Y también para dividir la vida en un costado bien negro y en otro bien blanco, de modo de tener cierta sensación de claridad. Que por supuesto no es tal.

Parece que los adultos necesitamos mostrar todo lo que los niños hacen mal, cuán ineptos o torpes son, para sentirnos un poquito más inteligentes. Es una paradoja, porque al actuar de esta forma, es obvio que somos increíblemente estúpidos.

Sin embargo las cosas son más sencillas de lo que parecen. Decirles a los niños que son hermosos, amados, bienvenidos, adorados, generosos, nobles, bellos, que son la luz de nuestros ojos y la alegría de nuestro corazón; genera hijos aún más agradables, sanos, felices y bien dispuestos. Y no hay nada más placentero que convivir con niños alegres, seguros y llenos de amor. No hay ningún motivo para no prodigarles palabras repletas de colores y sueños, salvo que estemos inundados de rabia y rencor. Es posible que las palabras bonitas no aparezcan en nuestro vocabulario, porque jamás las hemos recibido en nuestra infancia. En ese caso, nos toca aprenderlas con tenacidad y voluntad. Si hacemos ese trabajo ahora, nuestros hijos -al devenir padres- no tendrán que aprender esta lección. Porque surgirán de sus entrañas con total naturalidad, las palabras más bellas y las frases más gratificantes hacia sus hijos. Y esas cadenas de palabras amorosas se perpetuarán por generaciones y generaciones, sin que nuestros nietos y bisnietos reparen en ellas, porque harán parte de su genuina manera de ser.

Parece que nuestra generación es bisagra en la evolución de la sociedad occidental. A las mujeres nos toca aprender a trabajar y lidiar con el dinero. A ser autónomas. Nos toca aprender sobre nuestra sexualidad. A re aprender a ser madres con parámetros diferentes de los de nuestras madres y abuelas. Y nos toca aprender a amar. Por eso es posible que sintamos que es un enorme desafío y además es mucho trabajo, esto de criar a los niños de un modo diferente a como hemos sido criadas. Es verdad. Es mucho trabajo. Pero se lo estamos ahorrando a nuestra descendencia. Pensemos que es una inversión a futuro con riesgo cero. De ahora en más… ¡sólo palabras de amor para nuestros hijos! Gritemos al viento que los amamos hasta el cielo. Y más alto aún. Y más y más.


Texto: Laura Gutman
Foto: Gioia Albano

lunes, 19 de diciembre de 2011

Educando a nuestros hijos...

Todos nosotros amamos a nuestros hijos y queremos lo mejor para ellos. Queremos escuchar nuestros corazones, nuestra intuición, y atender las necesidades de nuestros hijos. A veces, nuestra propia infancia puede representar una dificultad para nosotros. Hasta los padres más amorosos responden a veces a sus hijos en un tono que podrá ser de todo, menos amoroso y amable. Esto suele venir de heridas del pasado que el niño abre de nuevo. ¿Cómo podemos aprender a cuidar de nuestros hijos de forma amorosa, sin la interferencia de nuestros propios recuerdos dolorosos del pasado?

La crianza natural es el camino más corto para conocer las necesidades de un niño, y confiar y responder a sus necesidades es la mejor manera de evitar que nuestras propias preocupaciones interfieran en su cuidado. Pero aún y así, a veces no acertamos. Es relativamente fácil confiar en un bebé: darle el pecho, cambiarle el pañal, mecerlo, dormirlo. Pero cuando el pequeño empieza a adquirir independencia física, las cosas pueden seguir fluyendo con la misma facilidad, o pueden tomar una dirección de nos desconcierta, y es posible que ya no sepamos qué permitir y qué restringir. Los niños pequeños necesitan nuestro liderazgo. Necesitan una guía clara y amable, junto con nuestro apoyo y nuestro “voto de confianza”. La belleza del liderazgo es que la mejor manera de dirigir, en realidad, es seguir al otro.

Las expectativas de los padres pueden ser el mayor obstáculo para el desarrollo del niño y una de las principales causas de dificultades. Los niños hacen absolutamente todo lo que pueden para aprender, para imitar nuestro ejemplo, y para agradarnos. Nosotros podemos confiar en ellos y guiarlos basándonos en su etapa de desarrollo. Tienen un gran reto por delante: convertirse en adultos. Tienen prisa y van todo lo rápido que pueden. Indicarle a un niño que tiene que crecer aún más rápido solo puede conducir a experiencias de fracaso y rebajar su autoestima.

La causa más frecuente de dificultades son ciertas prácticas comunes en muchas familias: castigos, amenazas, privaciones, tiempo fuera, sobornos, insultos, gritos, regañinas, inducir sentimientos de culpa, y otras formas de control sobre los niños. Lo mejor que podemos hacer como padres para garantizar que nuestros hijos van a crecer y convertirse en adultos compasivos, comunicativos, responsables, afectuosos y considerados es tratarlos con esas mismas cualidades, y confiar en ellos para adaptar nuestro comportamiento a su propio ritmo.

Amamantar a demanda, llevar en brazos, responder al llanto o colechar son solo una parte de la crianza natural. Un niño hablará en un tono amable si escucha que sus padres le hablan con amabilidad, a él y a los demás. Es probable que sea cuidadoso con las cosas si ha observado cómo los demás son cuidadosos con su entorno. Aprenderá a compartir si comparten con él, y si se le respeta cuando no está preparado para compartir. Aprenderá a decir “gracias” cuando reciba y observe expresiones de gratitud. La única forma de saber cuándo cabe esperar el desarrollo de ciertos comportamientos es observar al niño. Mientras tanto, los padres pueden guiarlo, no mediante el control o las órdenes, sino mediante el ejemplo y una orientación clara y amable.

Declaración de total confianza en los niños


1. El comportamiento propio de los adultos madura en el momento en que somos adultos.
2. No tener expectativas significa no sufrir decepciones y no ejercer una presión perjudicial sobre el niño.
3. Los niños responden mejor al modelo y el liderazgo, no al control.
4. Confía… y espera.
5. Elige entre tu conveniencia momentánea y tus objetivos a largo plazo sobre el modo en que tu hijo se verá a sí mismo.
6. Disfruta de tu hijo por lo que es, no por lo que te gustaría que fuera: nunca va a volver a tener esta edad.
7. Distingue entre tus necesidades emocionales y los sentimientos y necesidades de tu hijo. Actúa hacia tu hijo en armonía con sus necesidades; preocúpate de tus necesidades emocionales en otra parte.
8. Celebra que tu hijo es un ser único, igual que lo eres tú.

jueves, 30 de octubre de 2008

La escucha emocional



La dirección que debemos tomar madres y padres en la crianza y educación de nuestros hij@s (utilizo la palabra educación, aunque me gusta mucho más hablar de “acompañar a nuestros hij@s”), no debe perder nunca de vista el que debe ser nuestro principal objetivo: “Amar a nuestros hij@s y que ellos lo sientan así”.
Pero una cosa son las palabras y otra los hechos.

¿Porqué es difícil llevar a la práctica este precepto de “amar a nuestros hijos y que ellos lo sientan así”? Básicamente, yo diría, porque amar a nuestros hijos, no es una cuestión de azar, algo con lo que uno tropieza si tiene suerte. Amar a nuestros hijos, igual que amar a otras personas o el amor en general, es un arte. Y todo arte necesita de intención, conocimiento y esfuerzo. Además ya iniciamos el aprendizaje de este arte en nuestra infancia, de nuestros padres. Un aprendizaje no consciente y que seguramente tiene cosas positivas, pero también, seguramente, cosas no tan positivas, que hay que reconocer y reconducir.

En lo más profundo de nuestro ser tenemos adherido, oculto, nuestro Patrón familiar. Patrón familiar que de forma automática nos hace repetir algunas conductas con nuestros hij@s, que no son fruto de nuestra intuición, de nuestra sabiduría interior, de nuestro instinto amoroso. Siempre tenemos la facultad de tomar conciencia de él, romperlo y liberar nuestros propios sentimientos.

Por último en los adultos prevalece la percepción racional, que para muchas cosas es valiosísima, pero cuando se trata del afecto, de los sentimientos, de las emociones, del amor, es más un obstáculo que una ayuda. Hemos de ser capaces de “elevarnos”, por encima de esa racionalidad, hasta la percepción emocional que prevalece en bebés y niñ@s. Lo que yo intento aportar es una perspectiva del arte de amar a nuestros hijos desde lo que ellos sienten y necesitan a nivel afectivo.

Para que un bebé o un niño se sientan amados necesitamos conocer cuales son sus necesidades afectivas y satisfacerlas. Esto requiere por nuestra parte estar muy atentos a lo que nos muestran nuestros hij@s, especialmente a través de sus expresiones y de su conducta. Cuando el bebé aún no habla su forma más directa de expresar sus necesidades es a través del llanto. Olvidemos esas absurdas ideas que dicen que un bebé llora “para fastidiar”, “por hábito”, “porque nos toma el pelo” y otras como que “si lo coges tanto lo vas a mal acostumbrar”, “déjalo que llore, es bueno para los pulmones”, o lo que es más patético: “Míralo, llora para que lo cojas, no saben nada. Ya se cansará”. ¡Pues claro que llora para que lo cojas! Lo está pidiendo a lágrima viva. ¿Por qué negarle esa necesidad de nuestra atención y afectividad? No olvidemos nunca que:

Siempre que un bebé llora, expresa una necesidad –física o emocional- que hay que satisfacer sin dilación.

Si estas necesidades emocionales que expresa el bebé no son satisfechas, algo se rompe en su interior. Se siente inseguro, desatendido,

Cuando el niño empieza a hablar, está aún muy lejos de poder expresar en palabras sus emociones. Emociones que él ni siquiera comprende en muchas ocasiones. Simplemente le estallan en su interior y las expresa con diferentes conductas. No olvidemos nunca que:

Siempre que un niño mantiene conductas, puntual o reiteradamente exageradas, hay una emoción detrás que hay que descubrir, acompañar y enseñarle a gestionar.

Hemos de ser muy empáticos con nuestros hij@s. Situarnos en su “piel”. Los bebés y niños, con su percepción emocional y subjetiva (interiorizada), todo lo procesan a través de los que sienten. Todo lo convierten en sentimientos, en emociones. Por lo tanto, también todas sus conductas y actitudes son expresión de sus sentimientos y emociones. Los adultos, con nuestra percepción racional, tendemos a “interpretar” esas conductas desde la lógica, la razón, el juicio y la causa-efecto. Situaciones como el negarse a comer, las rabietas, la agresividad, la desobediencia, el fracaso escolar, etc., se convierten en “mal comportamiento”, en algo que está en manos de ellos cambiar.

Y no es así. Estas situaciones esconden detrás emociones que hemos de descubrir, aceptar y mostrarles, con nuestra actitud, cómo darles una salida adecuada.

La “Escucha Emocional” es la herramienta más útil y efectiva para tratar los conflictos emocionales de los niños. Al niño sus emociones le “estallan” en su interior. Aún no saben comprenderlas, controlarlas y gestionarlas. Es indispensable que madres y padres permitamos sus expresiones emocionales, las acompañemos y les mostremos cómo afrontarlas. No podemos ignorarlas, ni negativizarlas (“no hay para tanto”, “ya se te pasará”, “bueno, no te preocupes vamos a jugar”, “te pones insoportable”, “deja de llorar, no te va a servir de nada”, etc.), y mucho menos castigarlos (“vete sólo a tú cuarto hasta que se te pase”, “si no dejas de estar enfadado no iremos al parque”, etc.), y jamás pegarles (ni siquiera bajo la absurda idea de que “una torta de vez en cuando les va bien”).

Toda emoción tiene un significado, una intención. Las descargas emocionales permiten al niño expresar lo que siente, liberarse de las consecuencias de experiencias dolorosas, hacernos llegar sus necesidades. Expresar emociones es curativo. Lo que los niños no saben aún es gestionarlas y menos aún prever sus consecuencias en los demás.

La represión de las emociones, el no acompañarlas o el no mostrarles cómo afrontarlas, es nocivo. Arrastra al niño a toda clase de procesos defensivos, de repeticiones dolorosas, de compulsiones y de síntomas físicos. Provoca en el niño incertidumbre; sentimientos de incomprensión, de separación; de no sentirse valorado; de ser “malo” y por lo tanto rechazado; en pocas palabras: no se siente amado.

Para la práctica de la Escucha Emocional hemos de hacer un gran esfuerzo. Sobre todo porque, seguramente, no la practicaron con nosotros cuando éramos niños. No tenemos referencias de cómo llevarla a cabo. Más bien al contrario.

En la educación tradicional es común el uso de la autoridad, del poder de los adultos sobre los niños. Tenemos profundamente arraigadas ideas en este sentido: “Los niños han de obedecer sin rechistar”, “Han de adaptarse siempre a los horarios y ritmos de los adultos”, “Hay que ponerles normas y no permitir nunca que se las salten”, “El adulto siempre manda sobre el niño”, “Tiene que comer lo que se le pone en la mesa”, “Ha de dejar los pañales porque ya es mayor”, “Nunca deben dormir en la cama de los padres”, “No es conveniente la lactancia más allá de los seis meses”, “El castigo es bueno para su educación”, “Una torta de vez en cuando también lo es”, “Los niños son unos caprichosos”, etc.

Hay quién confunde el no usar la autoridad con “dejarles hacer lo que les de la gana” y eso demuestra que no entienden nada de lo que supone la Escucha Emocional. La represión emocional se puede practicar por activa o por pasiva. Por activa a través de la autoridad. Por pasiva a través de la permisividad. Es tan erróneo usar “el mando y ordeno” como el “no pasa nada”. Las dos actitudes no utilizan la Escucha Emocional, que implica indagar en los sentimientos del niño.

Delante de conductas o comportamientos intensos de los niños, podemos hacernos siempre tres preguntas, que nos ayudarán a la práctica de la Escucha Emocional y a resolver los conflictos que se nos presenten:

1- ¿Qué siente?

2- ¿Qué nos quiere decir?

3- ¿Qué quiero transmitirle?



1- QUE SIENTE?
Siente lo que él siente. Percibe sus sentimientos. No escucharles o banalizar lo que nos dicen encierran al niñ@ en su interior. Hemos de esforzarnos en participar de sus sentimientos. El niñ@ tiene que aprender a reconocer sus emociones, en muchas ocasiones incomprensibles para él, que le inquietan y le alteran. Tampoco sabe aún definirlas, expresarlas adecuadamente. Espera de nosotros el reconocimiento de lo que siente. Escucha siempre sus emociones con prioridad y tómatelas en serio. No le preguntes “porqué” llora. Intentará darte una explicación racional, a veces alejada de su dificultad. Es mejor que le acompañes en lo que experimenta y le preguntes: “¿Qué pasa?” o “¿Qué te pone tan triste?”, o incluso “¿De qué tienes miedo”?

2- ¿Qué nos quiere decir?
Cuando los niños crecen, a partir de los dos años van adquiriendo capacidad de expresión a través del lenguaje, pero aún están muy lejos de poder utilizar las palabras para explicar sus sentimientos. Debemos “leerlos” detrás de sus comportamientos y actitudes. Toda expresión emocional tiene un significado, una intención. Si un niño coge una rabieta, su cólera será el síntoma de alguna emoción que le altera. A lo mejor le angustia ir al “cole”, a lo mejor se ha peleado con otro niño o le han reñido, a lo mejor está muy cansado, a lo mejor echa de menos a su papá, a lo mejor siente celos de su hermanito, a lo mejor… Para él, nuestras reacciones tienen más significado que nuestras palabras. Escuchar, acoger y otorgar validez a los sentimientos de nuestros hijos significa ayudarles a construirse como personas, como individuos emocionalmente equilibrados. Les otorgamos seguridad y autoestima, sólidos cimientos para afrontar sus nuevas experiencias, desarrollarse en armonía y ser felices.

3- ¿Qué quiero transmitirle?
Nuestras reacciones frente a las reacciones de nuestros niños condicionarán sus creencias en sí mismos. Dejar expresar sus emociones y escucharlas. Pero también enseñarles a gestionarlas. Nuestra reacción es su ejemplo. Nuestra forma de actuar será la suya. Nuestros hijos nos escuchan y nos observan. Cada uno de nuestros actos, no sólo hacia él, sino hacia toda persona y situación, le envía un mensaje.

Con frecuencia reaccionamos de forma automática, y haríamos bien en preguntarnos más a menudo lo siguiente: “¿Porqué? ¿Qué me impulsa a decir sí o no a las demandas de mis hijos? ¿Qué es lo que dicta mi actitud?

Un temor frecuente de los padres cuando escuchan una demanda original de su hij@ es que ésta se convierta en un “capricho”. Los caprichos son inventos de los padres. Surgen cuando los padres se embrollan en los juegos de poder. Los juegos de poder los comienzan los padres y no los hij@s. La prueba es que a veces se dice que un bebé puede llegar a dominarte si te dejas someter por él. En realidad el niñ@ depende totalmente de ti y, como es obvio, no tiene capacidad mental para someterte.

¿Tus comportamientos los dictan tu educación, los automatismos cuyo origen desconoces, la evidencia? ¿O la razón? En este caso entiendo por razón no los prejuicios de tus padres o de tu médico de familia, sino tu razonamiento en base a informaciones fiables.

Los bebés y los niñ@s son semillas que contienen todos los ingredietes necesarios para desarrollarse en armonía y ser felices.

Somos los adultos los especialistas en impedirlo.


Texto: Enrique Blay, Psicólogo del Desarrollo - Terapeuta Psico-emocional


Ilustración: Valeria Docampo