viernes, 30 de diciembre de 2011

Entendiendo los berrinches

Una de las cosas a las que los padres van a tener que enfrentarse es, casi con seguridad, la cuestión de los berrinches y por eso creo que merece que le dediquemos un punto en nuestro curso de maternidad y paternidad.
La mayoría de los niños los tienen, aunque su duración, intensidad y edad pueden variar enormemente dependiendo de su caracter personal, el entorno y la actitud de los padres. No hay una receta perfecta, pues, como os digo, verse sobrepasados por las emociones o los deseos insatisfechos es algo normal, pero si podemos educarnos para ayudarnos a enfrentar los berrinches y suavizar el paso de nuestros hijos por ellos.
No vamos a poder eliminarlos. Quede esto claro desde el principio. Y es que no sería normal ni sano hacerlo. Partamos de entender que los berrinches son una expresión natural de la emocionalidad del niño y de su evolución.
Las rabietas o berrinches de los niños son un síntoma más que un problema. Para estar preparados nos va a ayudar mucho el comprenderlas. De este modo podemos pasar por ellas sin perder los nervios y podemos, incluso, prevenirlas o suavizarlas.

Causas de los berrinches

Las razones por las que un niño puede tener un berrinche son fundamentalmente tres:

Necesidades físicas

Cuando el niño tiene una fuerte necesidad de tipo físico es normal que pierda los nervios. Nosotros mismos, adultos, nos ponemos de mal humor y hasta explotamos si estamos agotados o hambrientos, por tanto, más lógico es entender que un niño, con necesidades más imperiosas y menor contro emocional, lo haga.
El niño tiene una necesidad fuerte de tipo físico: hambre, sed, sueño, cansancio, agotamiento mental y explota con facilidad.
Lo que deberíamos hacer es ser capaces de prevenir estas situaciones, entendiendo que los niños sufren más por estas necesidades y las sienten antes que nosotros. No dejando que el niño llegue a sobrepasarse exigiéndole demasiado vamos a prevenir muchas rabietas, que, más que lo que parezca que expresan, son la muestra de una fuerte incomodidad física.

Incompresión

También puede suceder que el niño, todavía inmaduro y en proceso de aprendizaje, no comprenda bien las consecuencias de sus acciones o lo imposible de sus demandas.
Desde pegarle a un hermano, enfadarse si no le compramos algo o no querer atarse en el coche. Normalmente, si no está sobrepasado pro el cansancio o la sobrecarga emocional, el niño puede entender muchas de nuestras explicaciones.
Incluso, si no demuestra entenderlo en el momento y sigue con la rabieta, no dudemos que nada es mejor para él que comprensión, explicaciones y contención. Hay que explicarles siempre, en la medida que puedan comprender, las razones de nuestras peticiones, decisiones o límites. Huyamos del “porque yo lo mando y punto”.

Tensiones acumuladas

Los niños se enfrentan a un mundo nuevo, desconocido y, a veces, atemorizante o desestabilizador. A veces llorar es una forma de descargar tensiones acumuladas.
El ingreso en la guardería, el embarazo de la madre o la llegada del hermanito, los problemas económicos o emocionales de sus padres, un fallecimiento o una discusión conyugal, una palabra desconsiderada, un sueño aterrador, un amiguito que les ha hecho dañor… todo eso puede parecernos nimio en su universo, pero, sea algo que perciben sin entender o sea algo que les afecta directamente, pueden verse sobrepasados por la tensión, el miedo o la frustración.
Incluso puede ser, sencillamente, que estén nerviosos por las emociones nuevas y los descubrimientos, desde comprender que son personas independientes con voluntad propia, hasta aprender a correr o devanarse los sesos ante un problema científico como la gravedad. El mundo es nuevo, apasionante y lleno de retos para ellos.
Toda esa tensión acumulada explota y el niño necesita dejar salir esos sentimientos llorando o rabiando. ¿No os pasa a vosotros a veces que explotáis por algo que no tiene nada que ver con lo que os preocupa o necesitáis llorar para descargar emociones?
Pensemos que el autocontrol es pequeño y están inmersos en un mundo que cada día los pone en situaciones nuevas que les pueden causar preocupación o asustarlos. Necesitan dejarlo salir y nosotros, en esos casos, podemos acompañarlos sin juzgar ni invadir, solamente estando presentes para cuando necesiten un abrazo.
Mireia Long 

Los hijos son un desafío...

"Los hijos son un desafío.
Un desafío a nuestra madurez, 
a nuestra inteligencia, 
a nuestro corazón y a nuestra capacidad de aprendizaje.

Los valores de una paternidad sana y responsable son básicamente cuatro:
Sinceridad con uno mismo y los demás. 
Capacidad de autocuestionarse y dominar el orgullo. 
Flexibilidad.
 Capacidad de aprendizaje.

Medita un segundo sobre ti mismo y las anteriores cualidades, 
valórate como padre del 0 al 10 en cada una de ellas.
Valora a tus propios padres en relación a cada una de ellas.

Los hijos vienen para avanzar,
 para aprender de nosotros, 
para enfrentarse con mejores armas al mundo que les toca vivir."




( autor desconocido)

Leche materna: antibiótico natural


“La leche materna tiene varios miles de beneficios para la salud del bebé
que la mama… pero ¡cada día descubrimos alguna nueva ventaja de la
lactancia materna! Y tanto para el bebé como para la madre”
“¡Es una vacuna natural! Los anticuerpos que la madre posee pasan
con su leche al bebé lactante: así, el bebé
¡queda inmunizado ante los gérmenes del entorno de la madre!”
“Dar el pecho ahorraría en Estados Unidos 3,600 millones
de dólares anuales… ¡gastados hoy en curar afecciones
respiratorias y digestivas que la lactancia previene!”
“Esas leches artificiales -está vetado llamarlas maternizadas:
¡es publicidad engañosa!- son cada día mejores, ¡pero están
a años luz de los beneficios de la leche materna!
”
Gro Nylander

Gro Nylander es pediatra y obstetra en el hospital de la Universidad de Oslo, directora del Centro Nacional de Lactancia Materna de su país y una autoridad mundial en el tema.
Es autora de los libros “Maternidad y lactancia”  y “Nueve meses de espera” y de los vídeos “Dar el pecho es lo mejor” y “El pecho no tiene horario“.
En esta entrevista explica los beneficios de la lactancia materna para el bebé y para la madre, su duración natural en la especie humana, la importancia de no interferir durante la primera hora del nacimiento y las tomas a demanda.

ENTREVISTA:
¿Qué tiene la leche materna que no tengan otras leches?
El envase más bello del mundo…
¡Totalmente de acuerdo!
… y varios miles de beneficios para la salud del bebé que la mama.
¿Miles?
Son los ya confirmados por estudios científicos…, pero ¡cada día descubrimos alguna nueva ventaja de la lactancia materna! Y tanto para el bebé como para la madre.
Cíteme el beneficio más relevante.
¡Es una vacuna natural! Los anticuerpos que la madre posee pasan con su leche al bebé lactante: así, el bebé ¡queda inmunizado ante los gérmenes del entorno de la madre!
¿Y el bebé enferma menos?
Sí: padece menos infecciones. Mire, hace poco hubo en Oslo una epidemia de diarrea entre niños de cuatro años: descubrimos que lo causaba un raro virus, frecuente en Pakistán, y no respondían a ningún tratamiento…
Los niños no tenían defensas, deduzco.
Entonces se nos ocurrió darles leche materna de una mujer pakistaní: ¡se curaron!
¡Bravo! ¿Hay alguna leche maternizada que pueda competir con eso?Esas leches artificiales -está vetado llamarlas maternizadas: ¡es publicidad engañosa!- son cada día mejores, ¡pero están a años luz de los beneficios de la leche materna!
Siga enumerándolos, por favor.
La mortalidad infantil en el primer año es inferior entre los bebés con lactancia natural. Y hay menos casos de muerte súbita.
¿Por qué?
Probablemente porque están más blindados ante infecciones respiratorias.
Más sanos
Tienen también menos anemias: el hierro de la leche materna se absorbe todo, pero el de las leches artificiales se absorbe mal.
¿Cómo afecta eso al crecimiento del niño?Hemos constatado que los adolscentes que de bebés mamaron leche materna son menos proclives a la obesidad que los otros.
Curioso…
Muy importante: ¡la obesidad mata hoy a más gente en el mundo que el hambre!
¿Y afecta de algún modo la lactancia al desarrollo intelectual del bebé?Sí. La gran riqueza en ácidos grasos de cadena larga (omega-3) que contiene la leche materna favorece el desarrollo del cerebro. El CI (coeficiente intelectual) de esos niños superará de 5 a 10 puntos al de los otros.
¡Todo son beneficios!El desarrollo psicomotor también mejora algo gracias a la leche materna. Y el emocional, gracias al contacto físico, piel con piel…
¿Y cuánto tiempo conviene dar de mamar para gozar de todos estos beneficios?Durante los primeros seis meses conviene dar sólo pecho. Y durante los siguientes seis meses, pecho más otros alimentos.
Y ya tenemos al bebé con un añito.
La OMS aconseja seguir dándole pecho hasta los dos años. Los bosquimanos y otros pueblos primitivos alargan la lactancia hasta los tres o cuatro años. ¡Eso sería lo natural!
¿Tanto?Ya me han advertido que decir esto en España es casi tabú… Esos niños casi no enferman, no necesitan antibióticos: ¡la leche materna es su antibiótico natural! Sin hablar de la riquísima absorción de sus proteínas.
Pero… ¿no morderá el niño ese pecho?Si lo hiciese, hay que apretárselo contra el pecho: ¡es imposible morder con la boca llena..! Pero el niño está feliz y no muerde.
¿Qué consejo daría a una madre primeriza para que dé correctamente el pecho?
En seguida que nazca el bebé, que se lo pongan entre los pechos y lo dejen con ella. Ese bebé olisquea, busca, se acerca al pecho y, antes de una hora, ¡ya está mamando!
¿Así de fácil?
¡Claro! Es un instinto derivado de millones de años de selección natural… Y hemos comprobado que cuantas más horas tardemos en ofrecerle pecho al bebé…, peor: más reflejos habrá perdido, más lento y abotargado estará y más le costará empezar a mamar.
Lo que desesperará a la madre lactante…
No hay que atosigarla, ni ella a su bebé. Calma. ¡Y que ni ella -ni nadie- frote o apriete con los dedos los pezones para prepararlos! Es un error: sólo la boca del bebé debe tocar esos pezones. La madre debe quedar sola con el bebé, y dejar al bebé que busque…
Tranquilamente.
Sí. Ah!, y que nadie le dé biberón al bebé.
¿Por qué no?Succionar una tetina de biberón es como succionar un espagueti, y succionar un pecho es como meterse una hamburguesa en la boca. Si acostumbras al bebé al biberón, luego le costará más succionar bien el pecho.
Que es la hamburguesa, ñam.
Lo es: para que la succión sea correcta, la boca del bebé debe abarcar no solamente el pezón, sino también parte del pecho.
¿Y no estropea los pechos dar de mamar?
¡No! La caída del pecho deriva de que se hinchan durante el embarazo y luego se deshinchan: ¡nada que ver con la lactancia!
Aun así, hay madres que prefieren evitarse la dependencia personal de la lactancia…
Pues les daré otro dato: por cada año que una mujer da de mamar, ¡reduce en un 4,6% su riesgo de padecer cáncer de mama! Que es el cáncer que más mujeres mata en España…
Si yo fuese mujer y madre, no dudaría…
Pues así, además, alejaría la osteoporosis en su vejez: hoy sabemos que dar de mamar renueva el calcio del esqueleto y lo refuerza.
¿Y cuántas veces al día debería darle?
Las que demande el bebé. Es lo ideal: los pechos adecuan su producción de leche a esa demanda. Y la sirven a la temperatura ideal.

25 consejos sobre alimentación, por Carlos González

1 No obligar nunca a comer a un niño. Un adulto puede que se niegue a probar bocado por los dictados de la moda pero a un crío aún no le pesan las normas sociales. Por tanto no se debe insistir en que el niño trague a toda costa.
2 Cuánta cantidad de comida es necesaria. Cada uno de nosotros necesita un aporte calórico distinto, razón por la que la alimentación no puede tomarse como una ciencia exacta. Unos zampan como elefantes mientras otros comen como pajaritos. ¿Por qué entonces se intenta medir a los niños por el mismo rasero? Un niño de año y medio puede que necesite comer la misma cantidad que un bebé de nueve meses.
3 ¿Seguro que no come nada? Para la mayoría de los padres no comer nada significa que su hijo no engulle lo que ellos creen que necesita. Quizá si su medida fuera medio plato en vez de uno repleto hasta el borde cambiaría su percepción.
4 Los que de verdad no comen. Las enfermedades y los celos provocan un rechazo a la comida que suele ser transitorio y una vez solucionado el problema regresa el apetito.
5 El trabajo de mamá. El regreso laboral de mamá origina en ciertos bebés una negativa a alimentarse si no lo hace su madre. Pueden no consumir nada en ocho horas y luego ponerse las botas cuando ella regresa.
6 Un asunto de honor. Los padres, sobre todo las madres, suelen vivir la inapetencia como un agravio personal. Otras consideran un deber atiborrar a su hijo.
7 Culpabilidad. Frustración y un terrible sentimiento de no saber cumplir como lo hicieron con ella, fustigan a muchas madres para quienes la hora de la comida es un calvario.
8 Niños incomprendidos. Imagínese qué pensará su hijo. Él, que sólo cuenta con el cariño de sus padres, de repente se ve atacado por aquellos en quienes confía, que insisten en cebarle cuando ya no le entra más y encima se enfadan y le gritan.
9 La prueba definitiva. Coma en proporción a lo que da a su hijo. Si el niño pesa 10 kilos y engulle un plato, tráguese usted cinco o seis raciones. Seguro que revienta.
10 Pecho “for ever” y a libre demanda. La leche materna es el alimento más completo y nutritivo. Si el niño no pierde peso es conveniente alargar lalactancia hasta el año o los dos años. Siempre sin imposición de horarios, porque él ya lo pedirá cuando lo necesite.
11 Las papillas. Nunca se debe sustituir el pecho por la infundada creencia de que los cereales alimentan más. Cuando los niños ya degustan papillas hay que saber que casi ninguno logra terminarse la medida recomendada porque es simplemente una orientación, no un dictado.
12 Horror a las verduras. El pequeño estómago de los niños admite pequeñas cantidades, o sea, muchas calorías en poco volumen. Las verduras contienen mucha fibra y escasas calorías, por lo que les enguachina pero no les sacia. Apenas unas cucharadas serán suficientes para que le saquen el gusto. (será por eso que les gusta tanto el chocolate?)
13 La papilla de frutas. Con las frutas viene a suceder lo mismo que con las verduras. Si el crío las rechaza pruebe a darle una manzana a mordiscos o una pera en trocitos, por ejemplo. Las recomendaciones y mezclas frutales del pediatra no tienen por qué ir a misa.
14 Respetar el sueño. Algunos padres enchufan a sus hijos el biberón mientras éstos duermen y después se quejan de que no comen cuando están despiertos. ¡Pero si ya se han alimentado!
15 Chucherías prohibidas. Al margen de que el niño coma o no coma, los dulces y las famosas chucherías sólo una vez al año para que no hagan daño. (con esto discrepo!!)
16 La crisis del año. Justo a los 12 meses se frena la velocidad de crecimiento y por tanto no precisan la misma cantidad de alimento. A partir de los cinco años aumentarán el gasto energético y las necesidades.
17 El perceptil. Las gráficas de peso traen fritos a los padres. En cada país se elabora una distinta y nunca coinciden entre ellas. ¿Quiere eso decir que según el lugar del mundo en que pesen a su hijo estará por encima o debajo de la media?
18 Defensas infantiles. Los más pequeños se defienden ante la indigesta ofensiva paterna a base de hacer bola, escupir e incluso vomitar. Nunca se niegan por capricho. Evolutivamente los críos tienden a rechazar los sabores desconocidos por simple supervivencia.
19 Un dragón llamado alergia. La alergia puede provocar la negativa del niño a ingerir ciertos alimentos como la leche, el gluten, el huevo o cualquier otro incompatible con su inmaduro organismo. Por eso es conveniente no obligar a comer.
20 Estimulantes del apetito. Los tónicos estimulantes contienen psicofármacos que actúan sobre el centro cerebral del apetito y su efecto desaparece en cuanto se deja el medicamento. Poco aconsejables salvo excepciones.
21 Cómo introducir los alimentos. A partir de los seis meses se pueden ir probando nuevos sabores con gran precaución y muy lentamente.
22 Estrategias. No guardar la comida para la cena. Ponerle en el plato sólo lo que suela tomar aunque sean tres cucharadas, si tiene hambre pedirá más. Evitar las broncas y los sobornos.
23 Vegetarianos. Cuando los padres son vegetarianos los niños pueden vivir perfectamente con una dieta ovo-lacto-vegetariana.
24 Acostumbrarse a comer de todo. Obligarle a comer un determinado alimento es la mejor forma de lograr que lo odie para el resto de su vida. Si no se le fuerza acabará probándolo.
25 Comer solo. Un niño se puede negar a comer porque quiere meterse él mismo el alimento en la boca y no se lo permiten. Aunque se estire la hora del almuerzo y ponga todo perdido es preferible concederles cierta independencia.

Los niños y el derecho a la verdad





“Todo ser humano tiene la misma capacidad de comprensión desde el día de su concepción hasta el día de su muerte” dijo hace muchos años la pediatra y psicoanalista francesa Francoise Dolto. La comprensión no tiene que ser demostrada con una respuesta verbal. Que los niños pequeños no puedan utilizar el lenguaje verbal, no significa que no lo comprendan.

Verdad externa
¿Por qué es necesario hablarles? Porque la verdad concreta dicha con palabras organiza el entendimiento de los niños y construye la estructura emocional sostenida por la lógica. Las palabras con sentido lógico son mediadoras entre los niños y el mundo.  A diferencia de las personas grandes, ellos no cuentan con el concepto abstracto de tiempo y espacio, por lo tanto las situaciones más banales tienen que ser anunciadas una y otra vez antes de que sucedan. Incluso a los niños un poco más grandes los podemos ayudar con referencias puntuales, por ejemplo “antes de comer va a suceder tal cosa, cuando vuelva papá de trabajar haremos tal otra”.

Tomemos como ejemplo la comunicación entre adultos: Si mi pareja me anuncia: “esta noche regreso a las tres de la mañana”, me está informando sobre algo puntual, pero no es suficiente explicación lógica para mí, entonces no acepto que regrese tan tarde a casa porque no es costumbre dentro de nuestros acuerdos matrimoniales. En cambio si me especifica: “esta noche volveré a las tres de la mañana porque participaré en una cena de empresarios prevista para comenzar a medianoche”, cuento con suficiente información para organizar mi entendimiento, aunque no sea agradable para mí. Fundamentalmente comprendo de qué se trata.

Es vital comunicar a los niños la verdad exterior con lujo de detalles, tratando de percibir el mundo desde los ojos de ese niño, porque cada momento es infinito, cada sensación es eterna. La magia de las palabras logra acercar el mundo sutil del niño pequeño y el mundo concreto de los adultos. Usemos las palabras, ya que traducen lo que pasa.

Las madres permanecemos muchas horas a solas con los bebés. Es el período ideal para hablar previniendo a los bebés sobre todo lo que va a acontecer, por ejemplo: “ahora te voy a cambiar los pañales, tal vez sientas frío”, “vamos a salir a pasear y tengo que abrigarte”, o “vamos a ir juntos al supermercado, allí hay ruido, luces fuertes y demasiada gente”. Cada suceso por más banal que parezca, al ser anunciado, lo predispone y le otorga confianza hacia lo que va a acontecer.
De esta manera las palabras con sentido lógico del adulto se convierten en mediadores entre el mundo externo y el interno. Hablar con los niños es sencillo, es igual que hablar con otro adulto.

Verdad interna.
El amor es el centro de nuestra vida. Y la verdad es el eje de la comunicación. De hecho “hablar con el corazón” es contar la verdad interior. La verdad interior transmite lo que me pasa, lo que siento, lo que deseo, lo que temo.

Si somos capaces de mirarnos dentro sin prejuicios, si nos conectamos sencillamente con lo que nos sucede y si no lo valoramos como bueno o malo, entonces estaremos relacionándonos con nuestra verdad interior, que es la expresión del alma. Los adultos necesitamos comprender nuestros sentimientos para amigamos con lo que nos pasa y atravesar cada situación con mayor entendimiento.

Del mismo modo, los bebés y niños pequeños fusionados en la emoción de la madre, podrán comprender, organizar sus sensaciones y acompañar los sentimientos de su madre si saben de qué se trata. Esto es posible cuando la madre nombra lo que le pasa. Decir la verdad, toda la verdad del corazón, es hacerse cargo de lo propio para liberar al bebé de su angustia y su permanente obligación de manifestar lo que la madre siente pero todavía no ha expresado.

Por ejemplo: Termina la baja maternal de una mujer quien debe regresar al trabajo. Organiza correctamente el cuidado de su bebé de tres meses. La noche previa al comienzo de su jornada laboral, el bebé sufre un espasmo respiratorio... ¿Acaso ha sido un acontecimiento imprevisible? No, es tan frecuente como la falta de reconocimiento de la angustia que provoca en una madre el hecho de dejar a su bebé tan pequeño durante tantas horas. El bebé siente la misma angustia y se hace cargo de manifestarla.

En este caso ¿qué significaría decir la verdad?: Decir la verdad al bebé es reconocer antes que nada esta situación ambivalente: “necesito o deseo trabajar, pero también me angustia y me atemoriza dejarte al cuidado de otra persona “.  O bien, “Quiero irme pero también sufro por dejarte”. Reconocer lo que nos pasa y comunicar lo que nos pasa, le permite al bebé comprender y organizar lo que nos sucede a ambos. De lo contrario el bebé se hace cargo de comunicarlo, él realiza la angustia a través de la manifestación del síntoma.
En otras palabras, el bebé nos obliga a conectarnos con la verdad, porque de lo contrario la materializa, la “expresa” en el plano físico, o en otras palabras: somatiza.

Facilitar los vínculos
Puede resultarnos una pesada tarea estar dando explicaciones a los niños permanentemente, sin embargo resulta facilitador para los vínculos. Poco a poco convierte a los niños en seres que acompañan  con fluidez las decisiones y necesidades de los padres porque le encuentran sentido. Con el correr del tiempo las explicaciones serán  más cortas y precisas ya que el niño incorpora conceptos de tiempo y espacio. El bebé necesita cada día la palabra de la madre que medie en la ausencia o ante cada situación nueva. En cambio un niño de tres años y medio que  maneja con soltura el lenguaje verbal, “ya sabe” que cuando la madre dice “me voy a trabajar” tiene todo el sentido que le ha venido dando con muchas palabras llenas de significado durante esos tres años.

En busca de la propia verdad
La verdad siempre va precedida de la palabra “yo”. Porque la verdad es personal, responde a lo que me pasa, lo que siento, lo que deseo. No es una opinión, ni está supeditada a lo correcto o incorrecto.
Los niños están tan cerca de nuestro corazón, tan unidos a la verdad íntima, que se convierten en traductores exactos. Vale la pena prestarles atención, o al menos hacernos las preguntas pertinentes. Sólo sabiendo qué es lo que nos pasa, estaremos en condiciones de narrar nuestra verdad a nuestros hijos.

La verdad y la intimidad
La verdad siempre hace referencia a nuestra intimidad, es decir al interior de nuestro mundo emocional. Es la instancia que desnuda las emociones: el amor, el rechazo, el miedo, la alegría, la nobleza, la pasión, la rabia, la angustia, el dolor, la esperanza. La intimidad no se refiere a las prácticas sexuales, ni a la vida cotidiana como el hecho de trabajar, estudiar, comer, dormir, pasear o relacionarse con otros.

¿Pero qué tienen que ver los niños con nuestras íntimas verdades? Comprenderemos la profunda relación entre los pequeños y los adultos, si tomamos en cuenta que los niños pequeños son seres fusionales, es decir que viven dentro del mundo emocional de las personas que los crían. Cuando son muy pequeños, viven fusionados a la emocionalidad de la madre o de la persona maternante, y en la medida que van creciendo y van entrando en relación con otras personas (padre, hermanos, abuelos, maestras, amigos) se fusionan también con los mundos emocionales de los demás. Es decir, que indefectiblemente hacen parte del territorio afectivo de quienes los rodean.

La verdad es liberadora y aporta confianza
Por eso, aquello que nos sucede, les pertenece. También les pertenece lo que nos ha sucedido en el pasado, porque para nuestra organización emocional, el tiempo no existe. Si hemos experimentado situaciones dolorosas incluso durante nuestra infancia, hoy en día vibran aún en nuestro interior. Y es eso, justamente eso, lo que el niño vive como propio. Así las cosas, el niño merece comprender eso que siente como una evidencia. Nuestras palabras no van a traerle ninguna noticia reveladora, simplemente van a confirmar lo que el niño ya sabía. Y eso es increíblemente liberador, además de aportarle mucha confianza; porque el niño constata que lo que siente y lo que los adultos nombran, coincide. 

Comprendamos que el niño está completamente involucrado en nuestra vida personal, por lo tanto, no podemos tratarlo cono si fuera un extraño. El niño tiene derecho a saber al menos, lo que nosotros mismos hemos logrado comprender.

Laura Gutman

Los niños como enemigos




Somos grandes, por lo tanto podemos hacer lo que queramos. ¿Dejar que el niño se calme solo y se duerma? Es posible ¿Permitir que llore cerrando la puerta para no escucharlo? Es posible. ¿Abandonarlo solo en su cuarto y no enterarnos de lo que le sucede? Es posible. Podemos hacer algo más: creer y auto-convencernos de que el hecho que un niño se duerma solo es un “logro”. Obviamente que todo esto lo podemos hacer, incluso sintiendo que “hemos ganado una batalla” contra el capricho del niño que tiene que aprender a no molestar.

Pero la realidad es un poco más compleja. Porque lo único que aprende un niño que está solo, es que el mundo es hostil, peligroso, árido y que viene cargado de dolor. No hay ningún logro cuando el niño efectivamente se duerme. Al contrario, el pequeño conoce en esa instancia el dolor de la resignación, al constatar que aunque llore, grite, o se desespere, nadie va a acudir en su ayuda y que le conviene detener su llanto para sobrevivir. Aprenderá que no vale la pena pedir ayuda, sabrá que no cuenta con nadie, aunque sólo tenga pocos días de vida.

Es preciso comprender que la necesidad básica de todo niño humano de estar en contacto corporal y emocional permanente con otro ser humano, la necesidad de calor, cobijo, ritmo, movimiento, cercanía y mirada; no desaparece al no obtenerla. El niño simplemente sabe por experiencia que el llanto no le procurará una solución, y que hasta el momento el llanto sólo le devolvió soledad, oscuridad y quietud. Entonces, con cuidadosa inteligencia, el niño desplaza su necesidad, hacia una manifestación “escuchable” para el adulto. Generalmente se enferma.

Los adultos somos tan necios, que no reconocemos en la enfermedad, la necesidad desplazada del niño. Creemos que se enfermó, y que esto no tiene nada que ver con “el logro del buen dormir” o más precisamente, con la soledad y el sufrimiento que soporta.

Ahora bien, si cada uno de nosotros tuviésemos la valentía de recordar y sentir el dolor sufrido a causa de los métodos de crianza y educación que hemos vivenciado, y si pudiésemos posar las manos sobre el corazón y recordar  las vejaciones, humillaciones y desamparos que hemos sufrido siendo niños, comprenderemos que todo esto se trata de una guerra emocional. Aceptemos que ahora somos grandes y estamos en condiciones de vengarnos. Ahora vomitamos la impaciencia, la incomprensión, la desdicha y el odio del que fuimos víctimas. Ahora pretendemos salvarnos y dormir en paz. Como si dormir una noche entera fuese tan importante para un adulto, frente a la inmensidad de la noche desde el punto de vista de un recién nacido.

                                                                       
                                                                                                           Laura Gutman

Llegar a casa con un bebé recién nacido

Una vez superada la mayor “escena temida” que acaparó nuestra atención durante varios meses, es decir, una vez que hemos transitado el parto, y según el bienestar o malestar, el buen o mal trato que hemos recibido, y según la calidad del encuentro que hemos logrado experimentar con nuestro bebé;  aparecerá la siguiente “escena temida”, que es la llegada a casa.  De regreso a nuestro hogar, nos encontramos con un bebé en brazos y un sinnúmero de consejos médicos y de los otros. La gran pregunta es cómo nos arreglaremos con ese niñito cuando no podamos calmarlo y no tengamos a quien pedir ayuda.

Si somos embarazadas primerizas, vale la pena saber que “lo peor” no es el parto sino lo que viene después. Y no lo digo para atemorizar a nadie, sino por el contrario, para que podamos prever que la asistencia física y emocional es imprescindible durante el puerperio.

Una madre no debería nunca estar sola con un niño en brazos. Toda madre puérpera merece compañía y sostén para sumergirse en las sensaciones oníricas del la fusión emocional con el bebé.

Hoy en día, sobre todo en las grandes ciudades, no contamos con una comunidad de mujeres que nos sostenga, nos avale, y nos acerque la sabiduría y la experiencia de las mujeres mayores. A veces no contamos con nuestras hermanas o tías; o sencillamente no las consideramos referentes valiosos dentro de nuestras búsquedas personales.

¿Pero qué tipo de compañía necesitamos? En todos los casos, la presencia de personas que no invadan con sus propios deseos o expectativas, el territorio emocional que compartimos con el bebé. Tampoco personas con ideas preconcebidas sobre lo que es correcto o incorrecto hacer con el niño, ya que esto nos sumará desconcierto y angustia cuando sólo tenemos que buscar dentro de nuestro corazón para encontrar una manera personal de relacionarnos con nuestro hijo.

En cualquier caso, una madre no puede entregarse a la demanda y a la desintegración psicológica que supone la atención de un bebé recién nacido, si no cuenta con personas sostenedoras, amorosas y sabias, en quienes delegar casi todos los aspectos del mundo material. A ellas  les corresponde incitarnos a la introspección, a la conexión con nuestro hijo, al despojamiento de otras preocupaciones, y al florecimiento de nuestras intuiciones que nos harán comprender al niño pequeño gracias a la conexión con nuestra memoria filogenética. Es esa sabiduría intuitiva la que nos permitirá responder aceitadamente a las demandas del niño pequeño, porque sentiremos el mundo tal como él lo siente. 

Encontrar a las personas adecuadas para que nos sostengan durante el primer período en casa, no es fácil. Tienen que ser capaces de observarnos sin juzgarnos, y poder “salir de la escena” para actuar sólo como facilitadores del vínculo que estamos desplegando madre e hijo, que será diferente en cada caso. Porque no importa si hacemos las cosas bien. Sólo importa que tengamos “vía libre” para el encuentro con nuestro ser más profundo, por lo tanto, con el ser que acaba de nacer. Las personas sostenedoras tienen que tener confianza en que cada relación va a encontrar su modalidad, pudiendo tener disponibles palabras amorosas para aliviarnos, diciéndonos que si escuchamos los mensajes del alma  y actuamos según nuestras más íntimas creencias, encontraremos el modo de entendernos con nuestro hijo.

Estas personas sostenedoras tienen que cumplir el rol de protectores de la díada y al mismo tiempo de guardianes de los depredadores emocionales. La contradicción aparece cuando nuestros seres más queridos, a veces incluso nuestras propias parejas, se convierten en depredadores dentro de casa. Por miedo, por desconocimiento, o por atender razones externas bajo el temor de equivocarse, descreen de la naturalidad con la que cada una de nosotras conecta con el bebé, sobre todo si nuestro comportamiento parece raro o distinto a todo lo conocido hasta entonces. En estos casos, vale la pena buscar sostenedores que también comprendan y avalen las ambivalencias de un hombre desesperado que ha perdido sus parámetros habituales.

Históricamente las mujeres contábamos con “mujeres sabias” que conocían los misterios de la Maternidad, y que acompañaban a las mujeres y a sus familias en la integración de un niño pequeño que trastoca completamente todos los aspectos de la vida cotidiana. Hoy en día estamos obligadas a retomar la figura de la Madre Experimentada. A veces ese rol lo puede cumplir una doula. O una amiga generosa dispuesta a tolerar los humores cambiantes de una madre reciente. Incluso la pareja desde su rol de varón sostenedor, puede cumplir con la tarea de incentivar a la madre a ser genuinamente quien es, a despreocuparse por el mundo de las formas y a vivir intensamente los vericuetos emocionales del puerperio. Claro que se requiere un varón maduro, que no esté pendiente de lo que recibe en ese período, sino que pueda concentrarse en lo que tiene para ofrecer. Ya llegarán tiempos mejores.

En todos los casos, las madres no necesitamos consejos ni guías prácticas sobre cómo ser una buena madre y criar correctamente a los niños. Este es un aprendizaje interno, siempre y cuando “el afuera” esté acomodado. El puerperio es un período donde las señales provienen del ser interior, si damos lugar para que aparezcan.

El miedo que nos da llegar a casa, tiene que ver con la soledad -que sabemos de antemano- nos espera para devorarnos. O bien la certeza de ser efectivamente tragadas por personas que invaden nuestra vida cotidiana con consejos, recetas y juicios sobre nuestro devenir como madres.  De este modo, vamos sintiéndonos cada vez más inútiles e infantilizadas, constatando que no sabemos asumir ciertas responsabilidades, con lo cual, el miedo a no saber qué hacer se acrecienta día a día.  Así vamos dejando de lado nuestros recursos internos logrando lastimar el viaje hacia una maternidad conciente.

Llegar a casa con un bebé debería constituirse en un momento sagrado, lleno de respeto, silencio, y amor. Podemos asumirlo si contamos con personas maduras, experimentadas y respetuosas, deseosas de llevarnos de la mano por el camino del auto-descubrimiento personal a través de la maternidad.


                                                                                            Laura Gutman