martes, 27 de diciembre de 2011

Nadie le dice a un árbol como crecer...



Nadie le dice a un árbol como crecer y, sin embargo…
Nos parece que el niño tiene un cerebro igual que el de un adulto, pero en pequeño, y vacío. Por eso nos empeñamos en llenarlo. Nos parece que tenemos que instruirle y educarle: decirle cómo hacer esto o lo otro, guiarle, explicar cómo funciona todo, llenar su cabeza con datos y fechas…
Le pedimos que se comporte como un adulto. Que no llore si mamá se va, que trate de reprimir sus emociones, que esté sentado y quieto durante cinco horas al día, que no sea caprichoso, que no pida, que no llore, que no se enfade, que no toque, que no haga preguntas, que no…
Pero la vida no funciona como nosotros nos imaginamos. La vida se abre paso a través de los cuerpos de niños y les impide estarse quietos. Los niños necesitan moverse. El movimiento es una experiencia corporal placentera, maravillosa que los dota de autonomía y  autoconocimiento.
La vida se abre paso a través de ellos y necesitan oler, tocar, chupar, mirar, oír… En los primeros años de vida, el niño se relaciona con el mundo a través de los sentidos.
Metemos a los niños en una escuela y, en un aula de treinta metros, les contamos lo que pasa fuera, en la vida. Les explicamos cómo son los árboles y les obligamos a pintar árboles y a escribir sus partes en una libreta, pero no les permitimos tener la experiencia directa de sentir un árbol: tocarlo, contemplarlo, olerlo, chuparlo, oír el viento en sus ramas…
Pero la vida se abre paso a través de ellos. Y necesitan experimentar por si mismos la realidad. Entonces nosotros les decimos qué el rojo y el azul hacen el morado; que el amarillo y el rojo juntos hacen el naranja… y no les permitimos probar,les arrebatamos una de las mayores satisfacciones que tiene esta vida: comprobar, probar, experimentar por uno mismo.
Nosotros señalamos lo que está bien y lo que está mal. Les hacemos exámenes o juicios constantemente. A todas horas,somos los jueces implacables de sus vidas. Y ellos crecen creyendo que la equivocación es mala, y dejan de intentarlo, dejan de vivir, porque el precio que pagan si se equivocan es tu amor y aceptación y ¿sabes una cosa? Ellos te aman tanto que no pueden vivir sin esto.
Aunque tu hayas vivido así en tu infancia, eso no es motivo para repetirlo con tus hijos o alumnos. Las cosas pueden ser diferentes. La próxima vez, puedes espera un poco antes de dar tu opinión o permitir que sean los niños quienes experimenten directamente la vida, quienes vivan su propia existencia.  La próxima vez, podrías, antes de hablar, escuchar.
Los niños son un regalo que nos enseñan la grandeza de la vida y nuestras limitaciones. Crecer juntos es un arte que nos muestra el camino a una vida más sencilla, plena y consciente. Ponerte en marcha es tu opción.

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