martes, 27 de diciembre de 2011

Invertir en felicidad...

Solemos creer que la felicidad es algo que hay que encontrar, algo que está afuera y debemos conquistar, y la imaginamos a veces como una tierra donde uno llegará y plantará su propio estandarte para quedarse.
La pensamos como un punto de llegada, como un puerto.
Buscamos, buscamos buscamos. Afuera, afuera, afuera.
Entre tantas cosas que nos enseñan cuando niños, y que aprendemos casi a la perfección, olvidan enseñarnos que eso que perseguimos y que vemos como camuflado en un oasis de ambición interminable está dentro nuestro.
Está en nosotros, y no es un objeto, es una emoción que responde a estímulos a veces invisibles para otros.
Es verdad, hay que invertir en felicidad.
Pero, qué tipo de inversión es la más conveniente.
Podremos tener una felicidad directamente proporcional al crédito que nos den nuestras tarjetas de crédito?
Podremos tener una aún mayor? Dónde se adquiere, nos preguntamos, esa sensación de plenitud de lluvia sobre la playa, de domingo por la mañana, de mirada de amor.
Se adquiere? Es necesario pagar por eso?
Invertir en la felicidad, sospecho, no es llenar tres changos en el supermercado, cambiar los televisores, vestirse solo en las primeras marcas.
Invertir en felicidad es abrirse a la sorpresa.
Permitirse ese cosquilleo en la panza que nos produce la tentación de la risa.
Robarle a nuestro trabajo, una tarde, una hora, un ratito solo para nosotros.
Bostezar con ruido.
Es animarse a pintarse el pelo de ese color que siempre no gustó.
Es volver a saludar tres veces a nuestros hijos cuando se van de campamento.
Es tratar de decir, no solo lo que hay que decir, sino aquello que queremos decir desde hace tanto.
Es raro, pero puede hacernos más FELICES comer una bolsa de lupines que compremos a orilla del río ese del Puerto de frutos que una cena protocolar con treinta y tres cubiertos de cada lado del plato.
Es realmente raro, porque los lupines se los puede comprar cualquiera, pero a ese tipo de cenas solo van las "personas importantes".
Invertir en felicidad es preservarnos de las noticias derrotistas todo el tiempo, es dejar de repetirnos "Esto no da para más", y animarnos al desafío que significa intentar encontrar la plenitud sin buscarla en nuestro alredeor solamente, se puede ser feliz aún en medio de una crisis, no solo económica sino también anímica en la que nos veamos inmersos.
No hace falta ostentación, ni seguros de vida, ni cargos gerenciales, ni poder.
Cada persona tiene esa magia, que se despierta solo con la varita de uno y la palabra correcta.
La inversión es la búsqueda en si misma, y es el permiso para sentir, aunque más no sea por un instante, el legítimo placer de volar por un rato sin levantar los pies del suelo.



                                                                                                                                Adriana Penerini

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