viernes, 30 de diciembre de 2011

Llegar a casa con un bebé recién nacido

Una vez superada la mayor “escena temida” que acaparó nuestra atención durante varios meses, es decir, una vez que hemos transitado el parto, y según el bienestar o malestar, el buen o mal trato que hemos recibido, y según la calidad del encuentro que hemos logrado experimentar con nuestro bebé;  aparecerá la siguiente “escena temida”, que es la llegada a casa.  De regreso a nuestro hogar, nos encontramos con un bebé en brazos y un sinnúmero de consejos médicos y de los otros. La gran pregunta es cómo nos arreglaremos con ese niñito cuando no podamos calmarlo y no tengamos a quien pedir ayuda.

Si somos embarazadas primerizas, vale la pena saber que “lo peor” no es el parto sino lo que viene después. Y no lo digo para atemorizar a nadie, sino por el contrario, para que podamos prever que la asistencia física y emocional es imprescindible durante el puerperio.

Una madre no debería nunca estar sola con un niño en brazos. Toda madre puérpera merece compañía y sostén para sumergirse en las sensaciones oníricas del la fusión emocional con el bebé.

Hoy en día, sobre todo en las grandes ciudades, no contamos con una comunidad de mujeres que nos sostenga, nos avale, y nos acerque la sabiduría y la experiencia de las mujeres mayores. A veces no contamos con nuestras hermanas o tías; o sencillamente no las consideramos referentes valiosos dentro de nuestras búsquedas personales.

¿Pero qué tipo de compañía necesitamos? En todos los casos, la presencia de personas que no invadan con sus propios deseos o expectativas, el territorio emocional que compartimos con el bebé. Tampoco personas con ideas preconcebidas sobre lo que es correcto o incorrecto hacer con el niño, ya que esto nos sumará desconcierto y angustia cuando sólo tenemos que buscar dentro de nuestro corazón para encontrar una manera personal de relacionarnos con nuestro hijo.

En cualquier caso, una madre no puede entregarse a la demanda y a la desintegración psicológica que supone la atención de un bebé recién nacido, si no cuenta con personas sostenedoras, amorosas y sabias, en quienes delegar casi todos los aspectos del mundo material. A ellas  les corresponde incitarnos a la introspección, a la conexión con nuestro hijo, al despojamiento de otras preocupaciones, y al florecimiento de nuestras intuiciones que nos harán comprender al niño pequeño gracias a la conexión con nuestra memoria filogenética. Es esa sabiduría intuitiva la que nos permitirá responder aceitadamente a las demandas del niño pequeño, porque sentiremos el mundo tal como él lo siente. 

Encontrar a las personas adecuadas para que nos sostengan durante el primer período en casa, no es fácil. Tienen que ser capaces de observarnos sin juzgarnos, y poder “salir de la escena” para actuar sólo como facilitadores del vínculo que estamos desplegando madre e hijo, que será diferente en cada caso. Porque no importa si hacemos las cosas bien. Sólo importa que tengamos “vía libre” para el encuentro con nuestro ser más profundo, por lo tanto, con el ser que acaba de nacer. Las personas sostenedoras tienen que tener confianza en que cada relación va a encontrar su modalidad, pudiendo tener disponibles palabras amorosas para aliviarnos, diciéndonos que si escuchamos los mensajes del alma  y actuamos según nuestras más íntimas creencias, encontraremos el modo de entendernos con nuestro hijo.

Estas personas sostenedoras tienen que cumplir el rol de protectores de la díada y al mismo tiempo de guardianes de los depredadores emocionales. La contradicción aparece cuando nuestros seres más queridos, a veces incluso nuestras propias parejas, se convierten en depredadores dentro de casa. Por miedo, por desconocimiento, o por atender razones externas bajo el temor de equivocarse, descreen de la naturalidad con la que cada una de nosotras conecta con el bebé, sobre todo si nuestro comportamiento parece raro o distinto a todo lo conocido hasta entonces. En estos casos, vale la pena buscar sostenedores que también comprendan y avalen las ambivalencias de un hombre desesperado que ha perdido sus parámetros habituales.

Históricamente las mujeres contábamos con “mujeres sabias” que conocían los misterios de la Maternidad, y que acompañaban a las mujeres y a sus familias en la integración de un niño pequeño que trastoca completamente todos los aspectos de la vida cotidiana. Hoy en día estamos obligadas a retomar la figura de la Madre Experimentada. A veces ese rol lo puede cumplir una doula. O una amiga generosa dispuesta a tolerar los humores cambiantes de una madre reciente. Incluso la pareja desde su rol de varón sostenedor, puede cumplir con la tarea de incentivar a la madre a ser genuinamente quien es, a despreocuparse por el mundo de las formas y a vivir intensamente los vericuetos emocionales del puerperio. Claro que se requiere un varón maduro, que no esté pendiente de lo que recibe en ese período, sino que pueda concentrarse en lo que tiene para ofrecer. Ya llegarán tiempos mejores.

En todos los casos, las madres no necesitamos consejos ni guías prácticas sobre cómo ser una buena madre y criar correctamente a los niños. Este es un aprendizaje interno, siempre y cuando “el afuera” esté acomodado. El puerperio es un período donde las señales provienen del ser interior, si damos lugar para que aparezcan.

El miedo que nos da llegar a casa, tiene que ver con la soledad -que sabemos de antemano- nos espera para devorarnos. O bien la certeza de ser efectivamente tragadas por personas que invaden nuestra vida cotidiana con consejos, recetas y juicios sobre nuestro devenir como madres.  De este modo, vamos sintiéndonos cada vez más inútiles e infantilizadas, constatando que no sabemos asumir ciertas responsabilidades, con lo cual, el miedo a no saber qué hacer se acrecienta día a día.  Así vamos dejando de lado nuestros recursos internos logrando lastimar el viaje hacia una maternidad conciente.

Llegar a casa con un bebé debería constituirse en un momento sagrado, lleno de respeto, silencio, y amor. Podemos asumirlo si contamos con personas maduras, experimentadas y respetuosas, deseosas de llevarnos de la mano por el camino del auto-descubrimiento personal a través de la maternidad.


                                                                                            Laura Gutman

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