lunes, 2 de enero de 2012

El segundo hijo



Es cierto que la edad de los progenitores, sobre todo de la madre, en los últimos años, es un factor que está influyendo mucho en adelantar e incluso forzar la llegada del segundo hijo. Muchas son las mamás de más de 35 que viven una lucha interna entre la calculadora y el instinto: quizá desean esperar un poco para plantearse el volver a ser madres, pero la medicina y la sociedad en general las presiona para afrontar de forma más racional la maternidad. En realidad, la racionalidad está frontalmente reñida con la concepción, (que es algo que sucede precisamente gracias a la conexión con los planos más profundos e instintivos del ser humano) pero, tal y como está planteada la vida moderna, a la mayoría de las mujeres y hombres parece que no nos queda más remedio que abordar nuestra capacidad reproductiva haciendo números (aunque para tranquilidad de las lectoras, la gran mayoría de madres mayores de 35 años dan a luz a niños completamente sanos y el embarazo transcurre sin mayores problemas).

La calidad de las relaciones familiares (tener una buena relación con el primer hijo, disfrutar de los momentos en familia, etc..) y de pareja (afectividad, sexualidad, nivel de intimidad..) obtenidas tras la llegada del primer hijo y el nivel de satisfacción con la propia vida (desde tener un nivel decente de ingresos, hasta la flexibilidad laboral o el apoyo familiar) son también factores que influyen o más bien que animan a que el deseo de otro hijo llame a la puerta. En este sentido, la situación afectiva personal, es decir la estabilidad, la energía y la madurez obtenidas tras el primer hijo son factores que precipitan de forma importante el siguiente embarazo.

Aparte de las consideraciones prácticas o afectivas referidas a los padres , el momento ideal para la llegada del segundo hijo debería ir en consonancia con la situación afectiva del primero.
Si todo va sucediendo con cierta normalidad y los vínculos madre-padre-hijo han sido sanos, lo natural es que alrededor del segundo año (esto quiere decir que puede ser tanto al año y poco como a los dos y mucho) nuestro primogénito comience a dar señales del comienzo de un proceso de separación afectiva de la madre, que hasta ese momento ha sido su principal fuente de alimento emocional.
Esto significa que el bebé poco a poco deja de serlo y que en su mundo empieza a haber cabida para otros y espacio para nuevas experiencias y contextos vitales.

En cualquier caso, son también muchos los padres que repiten experiencia antes de que el primer hijo haya dejado de ser un bebé: afrontan el reto de criar a dos seguidos, se comprometen al cien por cien con la experiencia, buscan apoyos.. y el resultado es igual de bueno que cuando los niños se llevan más tiempo entre ellos: los pequeños tienen que compartir su territorio emocional (mamá), pero a cambio crecen en un clima de intercambio constante con un igual, en este caso su hermanito, que les estimula y enriquece de forma importante.
Y también son otros muchos los que esperan varios años antes de ir a por el segundo, que crece con todas las ventajas de un hijo único pero se beneficia de la protección y el ejemplo de un hermano mayor.

Por eso, más que el momento (que no deja de ser importante), lo que garantiza el éxito en la segunda paternidad es lo que tienen en común todos estos padres: estar comprometidos con su decisión y poner todo de su parte para que sus hijos crezcan felices.
Los hijos únicos tienen fama de infelices, egoístas, etc.. pero la realidad es bien distinta: la sociabilidad, la inteligencia y la estabilidad emocional dependen de unos padres y una familia que sepan dar amor y respeto, no de la presencia de un hermano.
Por eso, y aunque a veces salga bien, la experiencia nos demuestra que lo que funciona a la hora de decidirse por un nuevo embarazo es el auténtico deseo de volver a ser padres y no la idea de “darle un hermano” al mayor.

¿Qué hay que saber? Mitos y realidades:

*Hay que preparar al hermano mayor (Verdadero)

En realidad, más que prepararle, hay que compartir con él la situación de forma natural, respetarle y ayudarle a encajar el cambio.
El hijo mayor se va a dar cuenta en seguida de que se avecina un cambio: lo va a deducir rápidamente a través de nuestras conversaciones, nuestra energía, nuestras palabras y nuestras acciones (además de por la barriga que crece). Va a saber que “algo pasa” casi desde el primer momento. Y casi desde el primer momento es conveniente decirle la verdad de lo que hay.
La idea es compartir en familia todo el proceso, pero sin forzar conversaciones (cosa muy habitual) ni tampoco evitarlas.
Compartir el embarazo con el hijo mayor signfica ser conscientes de que su vivencia de la situación no es para nada igual a la nuestra: en primer lugar, porque un niño pequeño dificilmente podrá imaginar lo que es un bebé, a menos que tenga algo más de cinco o seis años.
Por eso, es importante comprender que no podemos exigirle a nuestro primer hijo que sienta lo que nosotros queremos (alegría, ilusión, curiosidad, entusiasmo) respecto a un posible embarazo: normalmente esta exigencia es fruto de nuestros miedos y de nuestra necesidad de saber que el hermano mayor no va a sufrir con la llegada del pequeño.

*Reviviremos la experiencia de nuestra primera paternidad (Falso).

Nada, ni el embarazo, ni la concepción, ni los primeros meses ni lo que viene después, va a ser igual con el segundo que con el primero.
Esto quiere decir que los padres, ante la perspectiva de un segundo hijo, deberíamos ser conscientes de que la vivencia no va a ser la misma y que tenemos que estar preparados para volver a movilizar todos nuestros recursos ante el cambio que se nos avecina.
Por ejemplo, nos va a resultar muy difícil, cuando no imposible, vivir el puerperio (postparto) con la plenitud que lo vivimos con nuestro primer hijo: la razón es que con otro niño en casa (y en nuestro corazón) difícilmente podremos abandonarnos al universo del bebé y olvidarnos del resto del mundo. Esta vez, tenemos que dejar una lucecita encendida. Si esperamos vivir el postparto de la misma forma en que lo hicimos con nuestro primer hijo (intimidad, plenitud, tiempo infinito para conocernos, etc..) seguramente nos frustraremos. Si nuestro primer hijo nos enseñó a “desconectarnos” del mundo para centrarnos en la experiencia de nacer como madres… la llegada de nuestro segundo hijo nos enseñará el arte de convivir con varios deseos y necesidades a la vez .
Si afrontamos la nueva paternidad sin demasiadas expectativas (cosa difícil, porque venimos de una experiencia que muy similar que nos invita a pensar que todo va a ser igual) y adoptamos una actitud y flexible, será mucho más fácil afrontar y superar con éxito esta segunda e intensa experiencia.

*Nosotros ya estamos organizados y todo será más fácil (Verdadero).

Es cierto, en los aspectos prácticos, la cosa ya está rodada y eso facilita muchísimo las cosas. Sabemos por experiencia que para criar a un bebé se necesitan menos de la mitad de las cosas que compramos en el primer embarazo (y que ya hemos regalado a amigas primerizas), y las que se quedaron en casa (una trona estupenda, la mochila portabebés, un montón de ranitas de algodón, el sacaleches, las mantitas de lana que hizo la abuela y una pila de juguetes geniales..) están listas para ser reutilizadas.
Sabemos cómo manejarnos con la ayuda externa (la deseada y la no deseada), nos hemos pateado todos los parques y zonas infantiles del barrio, estamos suscritos a la gaceta de ocio infantil de nuestra ciudad y tenemos un imán en la nevera con el teléfono de las urgencias (y un pediatra estupendo).
Sin duda, mucha de esa energía que dedicamos a “convertirnos” en padres tras el nacimiento de nuestro primer hijo, ya no tendremos que gastarla porque el camino, en ese sentido, ya está hecho.

*El hemanito mayor tendrá celos del pequeño (Verdadero).

Muchos y muy variados son los sentimientos que afloran con la llegada del segundo hijo. A menudo, son sentimientos duros, que nos confunden y dificultan nuestras relaciones familiares: culpa, sensación de abandono, decepción, rechazo, rabia, tristeza o celos.. son algunos de ellos. El hecho de que los sentimientos negativos hagan su aparición en nuestras relaciones, no significa que las cosas no vayan por su camino. En el caso de los hermanos mayores, los celos pueden estar llenos de pequeños matices que merece la pena descubrir y atender: necesidad de seguir siendo pequeño, miedo de no ser querido, rabia por tener que compartir a los abuelos, agobio por verse demasiado exigido, etc.. Si nos quedamos sólo con la palabra “celos” y no hacemos el esfuerzo de ver lo que hay más allá, puede que dejemos en el tintero las razones más profundas del malestar de nuestro hijo mayor.
Cuando aumenta la familia, todos, grandes y pequeños, tenemos que reubicarnos en la nueva situación y asumir (no sin dolor) que algunas cosas no volverán a ser como antes. Esto es una realidad y atravesarla es necesario para poder acceder a una nueva dinámica familiar. Por eso, los celos, tengan la forma que tengan, no son más que partes del camino que vamos a recorrer juntos.

Violeta Alcocer 
Ilustración: Gustavo Pinela.



0 comentarios!: